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Polisario, 40 años de espera

En diez años como secretario general de la ONU, Ban Ki-Moon no ha visitado los campamentos de refugiados saharauis en Argelia. La máxima autoridad, al menos nominalmente, de Naciones Unidas no ha mostrado mayor interés en ver con sus ojos, en todo este tiempo, la realidad saharaui. El pasado 5 de marzo, y cuando su mandato expira el próximo diciembre, se decidió a viajar a los campos del Tinduf.

Ban se propone sentar en la misma mesa a Marruecos y a la República Árabe Saharaui Democrática (RASD), incluido su brazo político-militar, el Frente Polisario, para que retomen el diálogo roto en 1991 y lleguen a un acuerdo que salve la cara de ambas partes. En 2016 se dan una serie de condiciones que hacen posible la negociación y que conviene enumerar, para arrojar algo de luz a un escenario de acusaciones cruzadas y constante intoxicación informativa.

1. Marruecos. Después de 40 años de ocupación de la antigua colonia española del Sáhara Occidental, Marruecos ha consolidado su presencia con una nueva generación de marroquíes-saharauis que en su mayoría desean trabajo y prosperidad. Desde esta posición de fuerza, Mohamed VI está dispuesto a impulsar un estatuto de autonomía que consagra la marroquinidad del Sáhara y es aceptado, incluso, por una parte de los saharauis refugiados en los campos del Tinduf argelino. El tiempo ha trabajado a favor de Marruecos.

2. Frente Polisario. Queda lejos la imagen romántica de jóvenes luchadores por la libertad ante el opresor marroquí con la que el movimiento independentista saharaui se ganó hace cuatro décadas el apoyo internacional. En la actualidad, el Polisario se encuentra dividido entre la vieja guardia del recién reelegido por enésima vez secretario general, Mohamed Abdelaziz, partidaria de mantener “sine die” el estatus actual bajo el amparo de las autoridades argelinas, y los dirigentes más jóvenes, repartidos entre los partidarios de la marroquinidad del Sáhara y los que están dispuestos a retomar las armas contra Marruecos.

3. Refugiados. En medio se encuentran los verdaderos protagonistas del drama y pieza imprescindible de la negociación: los refugiados saharauis en los campamentos argelinos. Desde hace años el Polisario infla las cifras y asegura que hay 100.000 refugiados, mientras que las cancillerías europeas estiman en poco más de 23.000 el número real de saharauis en el Tinduf. La realidad es que nunca se han mostrado fotos o vídeos de multitudes que den verosimilitud a las cifras polisarias. Incluso en los aniversarios, cuando la presencia mediática es mayor, apenas llegan a concentrarse algunos miles.

4. Naciones Unidas. Precisamente el número real de refugiados en los campamentos argelinos es la clave del referéndum de autodeterminación mandatado por la ONU. Cuarenta años después, el censo de la población de la provincia del Sáhara Occidental elaborado por España en 1974, que establecía una población autóctona de 74.000 personas, carece hoy de valor si tenemos en cuenta que dos terceras partes de aquellos censados han fallecido. Es más, la población de origen marroquí llegada a la excolonia española desde la ocupación del territorio en 1975 supera a la autóctona. Un referéndum adulterado, con falsos saharauis argelinos y marroquíes, no tendría razón de ser.

5. Argelia. Pocas veces se habla del apoyo de Argelia a la causa saharaui y menos aún que Argelia, casi medio siglo después, desea zanjar el tema por un doble motivo: en el ámbito doméstico, está próxima la llegada de una nueva generación a la cúpula del poder argelino cuando muera el anciano y enfermo presidente Abdelaziz Buteflika. Y en el escenario internacional el problema que preocupa, y mucho, es la propagación del yihadismo junto a las fronteras argelinas. Una deriva del Polisario hacia posiciones yihadistas, aunque sea algo que en estos momentos pueda parecer remoto, es un factor de desestabilización que los próximos dirigentes de Argel necesitan conjurar.

6. España. Como antigua potencia administradora del territorio en litigio, España se ha remitido durante estos 40 años al mandato de Naciones Unidas sobre la autodeterminación del Sáhara. Pero también el escenario geopolítico ha cambiado sustancialmente. Las relaciones hispano-marroquíes pasan por el mejor momento de su historia. España es el primer socio comercial de Marruecos, por delante de Francia, lo que económicamente beneficia a ambos países, con altas tasas de paro. Al mismo tiempo, el silencio español sobre su antigua colonia es compensado por Mohamed VI, que mantiene congeladas las reivindicaciones sobre Ceuta y Melilla. A todo ello se suma que Madrid y Rabat cierran filas ante una misma amenaza: el yihadismo. Los sucesivos gobiernos españoles apoyan “sotto voce” la marroquinidad del Sáhara que incluya una solución pacífica y negociada del problema.

Tanto Marruecos como Argelia aceptan la “autoritas” española por su condición de antigua potencia y no ponen reparos a dicha solución pacífica y negociada, salvo los sectores más recalcitrantes argelinos y marroquíes, anclados aún en los viejos clichés del enfrentamiento irredento entre los dos grandes países del Magreb. Dicha solución pasa por la libre decisión de los refugiados saharauis: volver a su tierra o quedarse en Argelia como ciudadanos argelinos. En poco tiempo veremos si el tardío esfuerzo de Ban Ki-Moon rinde fruto.

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