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Trump y el pensamiento obligatorio
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Trump y el pensamiento obligatorio

Toda persona libre debería alegrarse de la victoria de Donald Trump, no tanto por sus planteamientos sino porque ha dejado en evidencia la dictadura del pensamiento obligatorio.
Desde los años 60, constatado- sin género de dudas- el desastre del socialismo real, los comunistas se refugian en las fábricas de ideas como universidades y medios de comunicación, con la frustración del que ha fracasado en su empeño vital de cambiar una sociedad, para la que , evidentemente, no tiene alternativa viable, pero a la que sigue odiando.
Muchas de sus mentes más brillantes, reconvierten su odisea personal y hacen, de sus vicios, ideología y de sus pulsiones, un catálogo de derechos.
Enquistados en el lodazal de concebir el mundo como un escenario de una lucha de clases que solo existen en el imaginario marxista, se apuntan a apoyar todo lo que divida, debilite y enfrente a la sociedad occidental. Se trataba de quebrar los consensos sociales, los acuerdos de la mayoría sobre como vivir y los elementos que dan sentido a esa vida. El libro de Engels los señala: la familia, la propiedad privada y el estado.
La extrema izquierda renuncia a elaborar un proyecto para la mayoría del país donde se mueve. Ahora, se limitan a dar cobertura a los deseos y reivindicaciones de minorías, a los que se coloca en pie de igualdad, cuando no de supremacía, sobre la inmensa mayoría. No es de extrañar, pues, que los comunistas pasen de ser una fuerza muy importante en la Europa de posguerra, a la irrelevancia de hoy, incluso enmascarados bajo siglas y colores diversos.
Del comunismo persiste, con claridad, el odio al disidente y la persecución del pensamiento libre. Desde esas factorías de pensamiento, copadas por los marxistas, por el viejo procedimiento de enchufar a los afines, se ha articulado toda una serie de doctrinas que se autodefinen por encima de las teorías (que es lo que en realidad no dejan de ser), para convertirse en leyes de obligado cumplimiento y de discusión prohibida.
Se banaliza el aborto como un simple derecho de la madre, en exclusiva. Se equipara el matrimonio homosexual al natural (y la calificación de tal ya me coloca en la exclusión y el insulto, con seguridad), como si no fuera la única combinación posible para reproducir la especie humana, sin intervención de terceros. Se equipara a los animales con los seres humanos, se extiende el veganismo más radical o se fomentan cultos minoritarios para enfrentarlos y debilitar a los que profesan las mayorías...
En la práctica totalidad de los países occidentales, no se puede discrepar del pensamiento que no solo es dominante sino obligatorio, sin exponerse a multitud de represalias. Que un profesor universitario relacione la homosexualidad con un trastorno psicológico, le somete a todo tipo de improperios y a la expulsión del claustro, dando por finiquitada la libertad de cátedra que solo se aplica a los enemigos del libre albedrío para erosionarlo. Si alguien pone en duda las teorías del calentamiento global (que ha cambiado su denominación por la menos comprometida de cambio climático), será objeto de burlas e insultos que no atacan sus ideas sino a quién tiene el valor de expresarlas.
Porque el miedo, a ese rodillo ideológico, unifica opiniones y posturas haciendo que la derecha más blanda, la que no tiene claros sus valores y recorta sus principios, se acomode y expulsando, a quién no lo hace, al infierno de la "extrema derecha" y al calificativo infamante de "fascista". Incluso, la Iglesia Católica ha cedido al stalinismo (disfrazado de buenismo) que "comprende" a todos los que dividen y enfrentan, mientras erosiona los pilares de la civilización occidental y proclama su intención abierta de acabar con "el opio del pueblo", mientras sonríe al islam más retrógrado.
Con la clara eficacia del divide y vencerás, los neocomunistas forman el núcleo central de los principales movimientos separatistas, de los okupas que colaboran con las mafias para usurpar inmuebles, de los que violan las leyes para beneficio propio mientras se aplican, con rigor, al ciudadano legal. Están, en todas las campañas de desprestigio de las instituciones, especialmente de las fuerzas armadas y de seguridad, de un estado que ha proporcionado la mayor libertad y prosperidad que el mundo ha conocido, mientras silencian, o embellecen, crueles dictaduras que siguen repartiendo miseria y represión a los pueblos que las sufren.
El supuesto ecologismo, impone multas y restricciones al movimiento de los ciudadanos y sus costumbres porque, en esencia, es la frustación del pequeño burgués que como no puede convencer, intenta imponer su modo de ver la vida, contra la libertad de vivirla como desee cada uno.
El supuesto feminismo cobra subvenciones, trasladando el ridículo imaginario de la lucha de clases al hogar y la pareja, enfrentando sexos, en un escenario en que todo hombre es un violador, o agresor en potencia, hasta el extremo de contabilizar, como violencia de género, las muertes de mujeres por sus parejas masculinas, pero no las de hombres por sus parejas femeninas u homosexuales.
Pero todo eso da igual, ante la doble vara de medir que se ha convertido ya en señal de la degradación del debate público. La victoria de Trump es, para el neocomunista, la cruel constatación de que cada vez mayores sectores de población forman su opinión al margen de universidades y medios parciales, sometidos al descrédito del sectarismo que ya no pueden ocultar.
El pensamiento libre, la diversidad de opinión y la facultad de expresarla son indispensables para el desarrollo humano y la innovación. Su negación fue una de las causas del anquilosamiento y muerte de los regímenes socialistas y el desprecio que inspiran, todavía, en las naciones que las sufrieron.
Y aunque la batalla por la libertad de pensamiento, de la libertad en sí, va a ser muy dura, se han abierto numerosas grietas que demuestran que pueblos diversos, opinando sobre temas muy distintos, no se han dejado amedrentar por los dictadores del pensamiento obligatorio.
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