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La megalomanía del presidente Sánchez
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La megalomanía del presidente Sánchez

Por Joaquín ABAD
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joaquincibelesnet/7/7/15
www.joaquinabad.es
domingo 31 de agosto de 2025, 16:01h

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Desde que alcanzó el poder, Pedro Sánchez ha ido construyendo una imagen de sí mismo que rebasa el protocolo, desborda el decoro institucional y roza, sin disimulo, la megalomanía. Lo que en otros presidentes fue discreción, él lo ha convertido en liturgia de Estado. Cada gesto, cada viaje, cada comparecencia se convierte en una representación coreografiada de poder. No es sólo el presidente del Gobierno. Es —al menos para él— la encarnación del propio Gobierno, del Estado, y de su idea de España.

Allí donde va, Pedro Sánchez no llega. Aterriza. Y no lo hace en vehículos comunes ni con logística funcional. Sus desplazamientos por el territorio nacional se hacen, casi por norma, en helicóptero Puma o en el Falcon presidencial, incluso cuando se trata de trayectos cortos. La imagen de Sánchez descendiendo del aire se ha vuelto habitual, como si sus visitas no fueran humanas, sino intervenciones aéreas. No hay pueblo, mitin o acto institucional al que no arribe con este despliegue. Y si el helicóptero no basta, el Falcon completa la escenografía. Lo que en otras democracias es un recurso de seguridad excepcional, en el caso de Sánchez se ha convertido en una rutina cotidiana que proyecta, más que eficiencia, un narcisismo operacional sin precedentes.

Cuando toca desplazamiento por tierra, el espectáculo no se reduce. Hasta diecisiete vehículos componen la caravana presidencial. Cierre de calles, cortes de tráfico, unidades especiales, personal armado, coches blindados, ambulancias medicalizadas, equipos de intervención rápida… La exhibición de músculo no responde a un peligro real, sino a una necesidad de grandeza, de marcar territorio, de hacer sentir su paso como un acontecimiento. La seguridad deja de ser funcional para convertirse en estandarte. Allí donde Pedro Sánchez pone el pie, el espacio se transforma: se militariza, se blinda, se convierte en zona cero de la representación del poder.

El caso del palacio de La Mareta, en Lanzarote, resume su visión de la presidencia como un ejercicio de soberanía personal. Allí, donde ha veraneado año tras año, Sánchez ha dispuesto un dispositivo de seguridad propio de un jefe de Estado en situación de amenaza extrema. No menos de decenas de guardias civiles vigilan la zona durante semanas. Se desplazan equipos de submarinismo, expertos en explosivos, perros rastreadores y unidades de élite. El perímetro se cierra, las zonas adyacentes se controlan, el tráfico marítimo se restringe. Todo para garantizar que el descanso presidencial se produzca en una burbuja aséptica, sin el más mínimo contacto con la realidad. En lugar de unas vacaciones privadas con discreción institucional, lo que se organiza cada verano es una zona franca del ego presidencial, un despliegue que roza lo ridículo si se compara con la seguridad de otros mandatarios europeos en sus periodos de descanso.

Pero el paroxismo de esta necesidad de autoafirmación no termina en suelo nacional. Durante una estancia en Andorra, Sánchez decidió alquilar toda una planta completa del lujoso hotel Hermitage. No se trataba de razones de seguridad, ni de discreción diplomática. Era simplemente una forma más de marcar territorio, de reservarse un espacio absoluto, donde su presencia no compartiera metros cuadrados con ningún otro huésped. Allí no había adversarios ni ciudadanos, sólo habitaciones vacías y moquetas de silencio a disposición de su comodidad. La planta no era suya, pero la ocupó como si lo fuera. Y en ese aislamiento de lujo, se desplazó también su equipo personal, incluidos los camareros de confianza, esos funcionarios invisibles que no se limitan a servir, sino que lo hacen en exclusiva, bajo su mirada, con sus costumbres, con su liturgia diaria. Pedro Sánchez no come lo que se le ofrece. Se le sirve lo que exige. Y no por el chef del restaurante, sino por el camarero que le acompaña en sus viajes, como una extensión más de su propia corte.

La obsesión por el control, por la estética del poder, ha convertido su presidencia en un espectáculo permanente de solemnidad. Allí donde cualquier otro dirigente usaría un coche oficial, Sánchez despliega la escenografía de un emperador moderno. No hay naturalidad. No hay cercanía. Sólo fasto, distancia, vigilancia y exactitud ceremonial. Lo simbólico ya no representa al Estado. Lo representa a él.

Los analistas que observan estos comportamientos coinciden: detrás de cada helicóptero, cada caravana, cada planta de hotel blindada, lo que se proyecta no es autoridad institucional, sino una inflación del yo. Una necesidad permanente de mostrar su poder, de vivir rodeado de escenografía, de evitar el roce con la incertidumbre o el azar. Como si en cada desplazamiento, en cada comida, en cada noche de descanso, Pedro Sánchez necesitara recordar al mundo —y a sí mismo— que no es uno más. Que está por encima.

Así, su presidencia ha dejado de ser un mandato político para convertirse en una representación continua de sí mismo, en la que la logística del poder sirve menos para gobernar que para alimentar su identidad. Y si para ello hay que volar en Falcon, cerrar hoteles, llevar camareros propios o rodearse de diecisiete coches, se hace sin vacilar. Porque cuando el narcisismo se instala en el poder, cada detalle cotidiano se convierte en una puesta en escena del ego.

Y en esa escena, Pedro Sánchez no quiere compartir protagonismo con nadie.

Ya mostraba maneras cuando a finales de marzo del 2016, siendo secretario general del PSOE, durante un regreso vacacional le sorprendió el atasco propio de la operación retorno que le impedía llegar a tiempo al afamado restaurante El Capricho, en el leonese Jiménez de Jamuz. Hizo que la guardia civil acordonara las zonas donde un helicóptero de su amigo Jesús Calleja le recogería y volarían hasta el mismo restaurante, donde los miembros de la Benemérita tenían orden de facilitar a “una alta personalidad” su aterrizaje.

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