Los ex presidentes Bill Clinton y Hillary Clinton han desafiado formalmente las citaciones del Congreso para testificar sobre sus vínculos con Jeffrey Epstein, el financista fallecido y condenado por delitos sexuales. Esta negativa a colaborar con la investigación del Comité de Supervisión de la Cámara, liderada por el presidente James Comer, plantea una grave crisis constitucional y moral, evidenciando un patrón donde los elites políticos operan al margen de la rendición de cuentas. En una carta de ocho páginas, los Clinton calificaron las citaciones como «inválidas y legalmente inaplicables», justo cuando se han hecho públicos documentos sobre Epstein que mencionan repetidamente a Bill Clinton. Este acto de obstrucción no solo impide la justicia para las víctimas del tráfico sexual de Epstein, sino que también revela una inquietante realidad: existe un conjunto de leyes para los poderosos y otro para el resto.
Puntos clave:
- Bill y Hillary Clinton se niegan a comparecer ante el Comité de Supervisión de la Cámara respecto a sus relaciones con Jeffrey Epstein.
- El presidente James Comer ha iniciado procedimientos por desacato al Congreso, una acción que podría acarrear multas y prisión, aunque muchos la consideran ineficaz frente a figuras influyentes.
- Los Clinton han reunido un equipo legal de alto perfil, incluyendo abogados con profundas conexiones en el Congreso republicano, para combatir las citaciones.
- En su extensa carta, los Clinton argumentan que la investigación es un intento políticamente motivado para encarcelarlos y avergonzarlos con «fotos antiguas».
- Esta negativa refleja un patrón más amplio de evasión por parte de figuras poderosas vinculadas a Epstein, como el expresidente Donald Trump, obstaculizando así una investigación completa.
Un modelo de impunidad
El desprecio abierto de los Clinton hacia la autoridad del Congreso no es un fenómeno aislado. Es el resultado de décadas en las que las consecuencias legales para el establecimiento político se han erosionado. Un claro ejemplo es lo sucedido durante la investigación sobre el servidor de correo electrónico privado de Hillary Clinton. El entonces director del FBI, James Comey, redactó una declaración exonerándola antes incluso de interrogar a testigos clave, incluida ella misma. Esta predeterminación corrompió desde el principio el proceso investigativo, sustituyendo una verdadera indagación por una conclusión escenificada. Cuando las instituciones encargadas de hacer cumplir la ley otorgan perdones anticipados a los poderosos, se establece un precedente para futuras impunidades. La actual estrategia legal de los Clinton—agresiva, despectiva y confiada en su éxito—se basa en esta premisa. Saben que los mecanismos de rendición de cuentas suelen paralizarse cuando se dirigen hacia las altas esferas del poder, reduciendo las consecuencias legales serias a mero teatro político.
Un coro de silencio y las víctimas olvidadas
No son solo los Clintons quienes guardan silencio. La frustrante falta de testimonios claros por parte de múltiples asociados destacados de Epstein forma un coro obstructivo que ahoga las voces de las víctimas. El nombre de Bill Clinton aparece repetidamente en los archivos relacionados con Epstein; sin embargo, él se niega a responder preguntas bajo juramento. Este comportamiento no corresponde al deseo genuino de ayudar en una investigación o limpiar su nombre; más bien refleja la postura privilegiada utilizada para evitar escrutinio. Su carta al presidente Comer afirma que están defendiendo los principios del país; sin embargo, esos principios exigen transparencia, especialmente ante acusaciones graves como el tráfico sexual y abuso. Al presentar una citación legal como persecución personal, intentan desviar la atención del asunto central: ¿qué sabían sobre la empresa criminal de Jeffrey Epstein y cuándo lo supieron? Cada día que pasa sin testimonio es otro día en que permanece oculta toda la red de encubridores y otro día en que se niega justicia a quienes sufrieron.
La población estadounidense observa cómo un sistema roto deja mucho que desear. Aunque pueden presentarse cargos por desacato al Congreso, ¿realmente perseguirá el Departamento de Justicia estos casos? La historia sugiere que es poco probable. Los poderosos navegan un paisaje donde las citaciones son negociables, el testimonio opcional y la ley parece más una sugerencia que un mandato. Hasta que este sistema dual sea desmontado—donde una clase es investigada con exoneración predeterminada mientras otra desafía citaciones sin consecuencias—la confianza pública seguirá erosionándose. La búsqueda de verdad en el caso Epstein exige que todos los involucrados, independientemente de su estatus, sean compelidos a proporcionar respuestas. La continua negativa a participar por parte de figuras como los Clintons no solo genera sospechas; perpetúa un silencio cómplice que protege a depredadores y castiga a los indefensos.