Las grietas irrumpieron en mi hogar de manera inesperada el 24 de junio. Una alarma en mi teléfono me alertó sobre un sismo cuya magnitud era difícil de asimilar en ese instante. Con incredulidad, ya que nunca antes había recibido tal aviso, corrí junto a un amigo hacia el dintel de una puerta al ver cómo las lámparas se movían violentamente.
A pesar de que se trataba de dos terremotos ocurridos con pocos segundos de diferencia, ese breve intervalo pareció una eternidad. Era complicado discernir cuándo terminó uno y comenzó el otro. El profundo rugido que resonaba estaba acompañado por gritos, cristales estallando y objetos cayendo a nuestro alrededor.
El movimiento era tan intenso que nos aferramos al dintel para no caer. Solo pensaba en mi padre, que no estaba conmigo.
Postales de la destrucción
Logramos descender las escaleras con dificultad. Fuera del edificio, ubicado en la parroquia Candelaria, en el centro de Caracas, estaban mis vecinos. Buscaba ansiosamente la cara de mi padre, quien vive enfrente, 20 pisos más arriba. En ese momento, subir por él representaba un gran riesgo. Las comunicaciones telefónicas estaban caídas y no había acceso a internet; nadie tenía idea de la magnitud real del desastre.
Alrededor se escuchaban llantos, gritos de pánico y rostros desencajados. Todos éramos parte de una confusión masiva donde se entrelazaban el instinto de supervivencia y una profunda incertidumbre. En medio de esa conmoción vi a mi padre parado en la entrada de su edificio y recobré algo de calma.
Mientras observábamos las enormes grietas que habían aparecido en la fachada del edificio, algunas voces mencionaban colapsos estructurales en la vecina parroquia de San Bernardino, donde efectivamente se desplomaron tres edificios residenciales. La información era escasa y confusa. Caminamos casi automáticamente hacia la Plaza Candelaria, situada a menos de 200 metros; allí las personas compartían incrédulas sus experiencias como si fueran protagonistas de una película de terror.
Los rastros de los terremotos
Esa noche fue difícil encontrar descanso. Afuera del edificio permanecimos un grupo de vecinos temerosos de regresar a nuestros hogares. Las paredes del apartamento donde vivo presentaban grandes grietas y muchos vidrios rotos. Nunca había presenciado algo así, pese a que Venezuela es un país sísmico, con varios temblores significativos en los últimos 20 años.
Durante esos días, muchas personas han dormido en plazas públicas o vehículos. Algunos tienen sus viviendas dañadas y otros sienten temor ante nuevas réplicas que han alcanzado magnitudes cercanas a 5.
En las calles del centro de Caracas hay escombros y baldosas apiladas en las esquinas. Frente a la iglesia Nuestra Señora de La Candelaria, donde reposan los restos del santo venezolano José Gregorio Hernández, se encuentran fragmentos de cornisas y partes del campanario.
Una cotidianidad interrumpida
A diferencia del silencio tras el bombardeo estadounidense del pasado 3 de enero, esta vez las calles están llenas de conversación sobre los terremotos: familiares que reaparecieron tras perder comunicación y seres queridos que ya no están. Hay consenso sobre la necesidad urgente de reconstruir y avanzar.
A pesar del caos, la vida cotidiana intenta reponerse. Los comercios y supermercados permanecen abiertos. Hay suficiente abastecimiento alimentario y el tráfico fluye con normalidad. En una esquina, un hombre transporta ladrillos para construcción.
La urgencia por ayudar ha sido constante estos días; caravanas han recolectado insumos y varios grupos reparten comida caliente en espacios públicos. Sin embargo, este deseo colectivo por colaborar ha generado inconvenientes: hace unos días La Guaira, declarada zona desastre, sufrió congestión debido al gran número de personas provenientes desde Caracas.
Un gran refugio en Caracas
El Parque Alí Primera ha sido habilitado como uno de los refugios más grandes en la capital venezolana para quienes fueron afectados por los terremotos tanto en Caracas como en La Guaira. Allí se ha centralizado gran parte de los donativos e insumos destinados a personas vulnerables.
Aproximadamente 1.400 personas han sido censadas en este espacio, recibiendo atención médica primaria, alimentos, colchones y ropa. Además, organismos como la Fiscalía y la Defensoría del Pueblo han desplegado funcionarios para brindar apoyo.
Entre los niños que corren entre carpas y colchones se siente un atisbo de normalidad mientras juegan; intentan dejar atrás las profundas grietas abiertas durante esas horas fatídicas.
La noticia en cifras
| Cifra |
Descripción |
| 1.700 |
Número de víctimas tras el doble terremoto en Venezuela. |
| 1.400 |
Número de personas censadas en el Parque Alí Primera, refugio habilitado. |