La fundación fraudulenta: cómo IBT Labs se convirtió en el guardián tóxico de América
En la década de 1970, un laboratorio privado emergió como el principal responsable de la seguridad química en Estados Unidos. Los Laboratorios Industrial Bio-Test (IBT), fundados en 1953 por el profesor Joseph C. Calandra de la Universidad Northwestern, llegaron a realizar entre el 35% y el 40% de todas las pruebas de toxicología privadas en el país. Su clientela incluía a gigantes corporativos como Monsanto, DuPont, Dow y Procter & Gamble, así como a agencias gubernamentales clave como la FDA y la EPA. La creación de la Agencia de Protección Ambiental en 1970 impulsó aún más su crecimiento, ya que las empresas acudieron a IBT para obtener los estudios científicos necesarios para aprobar pesticidas, medicamentos y productos químicos industriales.
No obstante, detrás de esta fachada respetable se ocultaba un mar de fraude científico. Investigadores federales describirían más tarde las condiciones dentro del IBT como catastróficas. Las salas donde se mantenían los animales estaban tan sucias que fueron apodadas “el pantano”, donde los técnicos documentaban ratas muertas con etiquetas como ‘TBD/TDA’ —‘demasiado descompuestas/descartadas por el técnico’. El laboratorio padecía prácticas habituales de ‘mezcla’, es decir, sustituir animales muertos por otros sin registrar el cambio, lo que invalidaba completamente los resultados de cualquier estudio. En un memorando interno de 1972, el toxicólogo Otis Fancher confesó sentirse ‘avergonzado’ por su trabajo, señalando que los datos eran ‘manipulados’ con ‘incompetencia grosera’. Esto no era un caso de errores menores; era una fabricación sistemática a gran escala que corrompió la base misma de la ciencia regulatoria durante toda una generación.
Monsanto y su conexión interna: el caso Paul Wright
En este contexto problemático apareció el Dr. Paul L. Wright, toxicólogo de Monsanto. En marzo de 1971, Wright dejó Monsanto para asumir la jefatura del área de Toxicología en ratas y perros en IBT Labs. Su traslado no fue una simple decisión profesional; fiscales federales alegarían más tarde que fue colocado allí específicamente para gestionar estudios críticos sobre seguridad para Monsanto, particularmente sobre el agente antibacteriano TCC (triclorocarbanilida), un producto que Monsanto necesitaba urgentemente tras la retirada del hexaclorofeno.
Durante su permanencia de 18 meses, Wright supervisó no solo los estudios sobre TCC sino también los primeros estudios a largo plazo sobre alimentación con glifosato, ingrediente activo del herbicida Roundup que estaba a punto de lanzar Monsanto al mercado. En octubre de 1972, regresó a Monsanto como Gerente de Toxicología y se convirtió en el enlace oficial entre ambas entidades. Este vaivén le otorgó un conocimiento íntimo sobre los estudios fraudulentos realizados y ahora tenía poder para influir en sus resultados desde dentro.
Fabricación de seguridad: casos emblemáticos del fraude en IBT
El fraude en IBT no era abstracto; fabricaba directamente 'seguridad' para algunos de los productos más rentables y problemáticos de Monsanto. El estudio sobre TCC es un ejemplo claro. El patólogo Dr. Donovan E. Gordon encontró lesiones testiculares en ratas alimentadas con TCC—un hallazgo que amenazaba la aprobación del químico por parte de la FDA para su uso en jabones desodorantes. Según testimonios ante un gran jurado, Wright presionó a Gordon para cambiar su informe eliminando esos datos post-mortem comprometedores. El informe final fraudulento fue enviado a la FDA, que aprobó niveles más altos de uso del TCC. Durante décadas después, aproximadamente el 80% del jabón antimicrobiano en Estados Unidos contenía TCC, un químico aprobado gracias a mentiras.
Un patrón similar se repitió con los bifenilos policlorados (PCBs). En 1975, Calandra envió un borrador del estudio sobre Aroclor 1254 al gerente ambientalista George Levinskas en Monsanto; el borrador indicaba que esta formulación era 'ligeramente tumorígena'. Levinskas solicitó cambiarlo a 'no parece ser carcinogénico', y Calandra accedió. Esta simple modificación editorial transformó una advertencia sobre cáncer en una garantía de seguridad presentada ante los reguladores.
Descubrimiento, condena y protección corporativa
La estructura comenzó a desmoronarse en 1976 cuando durante una auditoría rutinaria relacionada con audiencias del Congreso lideradas por el senador Edward Kennedy, el patólogo Dr. Adrian Gross descubrió el enorme fraude en IBT. La investigación conjunta entre la FDA y el Departamento de Justicia revelaría un escándalo monumental: alrededor de 22,000 estudios estaban potencialmente comprometidos.
Cinco años después se presentaron acusaciones; finalmente, en mayo de 1981 un gran jurado federal imputó a cuatro funcionarios del IBT por múltiples cargos relacionados con fraude postal y declaraciones falsas. El juicio culminó en octubre de 1983 con condenas; Wright fue hallado culpable en tres cargos relacionados con fraude.
El juego engañoso del glifosato: reemplazando fraude por influencia
A raíz del escándalo IBT, la EPA enfrentó una crisis debido a que había aprobado glifosato basándose en datos fraudulentos. En lugar de retirar Roundup del mercado, se llegó a un acuerdo con Monsanto: la compañía podría mantener su producto mientras comisionaba nuevos estudios para reemplazar aquellos invalidados.
Los nuevos estudios pronto generaron problemas adicionales para Monsanto; uno importante reveló un aumento estadísticamente significativo en tumores renales entre ratones expuestos a altas dosis de glifosato lo cual llevó inicialmente a clasificarlo como 'Clase C—posible carcinógeno humano'. Sin embargo, Monsanto orquestó una re-evaluación que resultaría favorable al argumentar que otro hallazgo negaba la significancia estadística asociada al cáncer.
Un patrón persistente: desde IBT hasta Craven Labs
IBT no fue una anomalía dentro del mundo testeo seguro por lucro; representaba una enfermedad sistémica latente. Una década después otro laboratorio sería atrapado cometiendo fraudes similares: Craven Laboratories fue condenado por falsificación de datos justo cuando había realizado varios estudios requeridos para registrar Roundup.
Este patrón revela verdades incómodas acerca del sistema regulatorio construido sobre bases comprometidas donde las corporaciones financian sus propios estudios evaluativos creando conflictos inherentes e incentivando resultados favorables.
Conclusión: El legado perdurable de una mentira tóxica
El escándalo IBT no es solo un vestigio del pasado; es raíz tóxica que alimenta crisis contemporáneas respecto a productos químicos ampliamente utilizados como glifosato. La historia exige escepticismo público hacia las garantías institucionales sobre seguridad química dado que agencias reguladoras han demostrado ser susceptibles al influjo corporativo.
El camino hacia adelante requiere descentralizar radicalmente la autoridad científica; empoderar al individuo mediante información proveniente fuentes independientes y transparentes es esencial para construir un futuro libre del engaño tóxico perpetuado por intereses corporativos.
La noticia en cifras
| Cifra |
Descripción |
| 35–40% |
Porcentaje estimado de todas las pruebas de toxicología privadas realizadas por IBT en EE. UU. |
| 22,000 |
Número de estudios potencialmente comprometidos en la investigación del fraude en IBT. |
| 80% |
Porcentaje de jabones antimicrobianos en EE. UU. que contenían TCC, aprobado basado en datos fraudulentos. |
| 100% |
Porcentaje de ratas alimentadas con PCBs a 100 ppm que desarrollaron tumores en estudios realizados por IBT. |