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Europa, entre el nacionalismo xenófobo y el terrorismo yihadista

viernes 11 de diciembre de 2015, 07:01h

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Europa, como continente y como conjunto supranacional, se encuentra en el centro de un ciclón que no controla. Las recientes elecciones regionales en Francia, tal como adelantó MIL21, son la última muestra de un seísmo social que amenaza con hacer saltar en añicos la solidaridad y la confianza en un futuro colectivo que inspiraron la Unión Europea. El nuevo nacionalismo xenófobo, la neo guerra fría y el terrorismo yihadista, han forzado la entrada abrupta de Europa en un nuevo ciclo lleno de incertidumbre y temor.

Cuando hace un cuarto de siglo los gobiernos europeos negociaban lo que sería conocido como Acuerdos de Maastricht, el viejo continente vivía una euforia colectiva: el muro de Berlín había sido derribado, la Unión Soviética se desintegraba mostrando en su epicentro una Rusia exhausta, el Medio Oriente vivía una crisis endémica pero soportable, y China era una potencia demasiado lejana. Hoy todos esos factores han cambiado 180 grados, y Europa navega en medio del huracán sin rumbo fijo ni timonel.

El triunfo del Frente Nacional en la primera vuelta de las elecciones regionales en Francia, es revelador de los peligros que acechan a Europa. Es previsible que el partido de Marine Le Pen se haga en la segunda vuelta del domingo 13 de diciembre con el control de 6 de las 13 regiones francesas; lo que unido a la probable buena gestión que haga de los presupuestos regionales, le permitirá situarse en cabeza para las elecciones presidenciales de 2017, que enfrentarán a Nicolás Sarkozy (Republicanos) con Marine Le Pen (Frente Nacional).

El nuevo mapa geopolítico francés, ampliable a Europa, muestra dos características novedosas y preocupantes. La primera, con un potente impacto popular, es el auge de sentimientos xenófobos, racistas y anti inmigración, reacios a otras culturas y religiones que no sean el viejo cristianismo medieval. La segunda, en el fondo más preocupante, es el cuestionamiento de todos los acuerdos y pactos firmados por los europeos desde hace seis decenios.

Europa salió de la Segunda Guerra Mundial como un apéndice de los Estados Unidos que se preparaban para iniciar medio siglo de “guerra fría” con la Unión Soviética. El viejo continente se encontraba entre los dos bloques, y era el único escenario posible para el hipotético enfrentamiento.

Washington y Moscú estaban mutuamente blindados con un escudo nuclear, y Europa era de nuevo el teatro de operaciones donde sustanciar las diferencias. Europa, desde el Mercado Común hasta la actual Unión Europea, nació en base a estas premisas y nunca fue realmente independiente. Hoy lo es menos aún, dada la entrada en escena de una Rusia poderosa y atrevida, de una China que arrolla la economía y el comercio mundial, y de un Oriente Medio explosivo.

La novedad que introduce la irrupción del “nuevo nacionalismo europeo”, es el rechazo a jugar el papel de segundón en la “neo guerra fría” que ha estallado. El Frente Nacional cuestiona la pertenencia de Francia a la OTAN, la adhesión a la Unión Europea y predica un alejamiento progresivo de las normas impuestas por organismos financieros y crediticios internacionales sumisos al dólar y al poder norteamericano. Esto es lo que realmente inquieta a los defensores de una Unión Europea apéndice de Estados Unidos.

Pero hay más peligros que acechan el porvenir inmediato, como el “síndrome griego” que alega que “Europa es culpable de nuestros males, por lo tanto nos vamos”. Este grito lacerante lanzado por los griegos en 2011 y repetido en 2015, está haciendo escuela en Europa.

También oscurece el horizonte europeo el amenazante referéndum británico previsto para 2016-2017 en el que los ciudadanos de Su Graciosa Majestad decidirán si se van o se quedan en la UE.

Así como el más simbólico y de efecto multiplicador cierre de fronteras ante la inmigración. Una inmigración que, por cierto, apenas representa el 10% de la que se produce en los Estados Unidos a través de su frontera terrestre con México, pero que para Europa representa una “invasión”.

Todo ello en medio de la irrupción del terrorismo yihadista que ha desatado un temor nunca antes vivido en Europa y se anuncia como el comienzo de la Tercera Guerra Mundial dirigida al control de los recursos del planeta.

Suficientes indicios para ver cómo Europa ha comenzado un nuevo ciclo: el ascenso de la derecha nacionalista y xenófoba en Suiza, Hungría, Polonia y Francia; el cambio de polaridad entre lo que une y lo que divide a los europeos, y el creciente rechazo a la pérdida de soberanía impuesta por la dictadura burocrática de Bruselas.

Ante esto se perfilan tres escenarios inquietantes: uno minimalista, que prevé la vuelta a las monedas nacionales y una zona de libre cambio; un segundo, que sería el actual, basado en el Tratado de Maastricht de 1992 y el Acuerdo Presupuestario de 2012 que está llevando a la UE a un callejón sin salida; y un tercero, el más futurista pero también ilusorio, el del federalismo que defienden quienes se niegan a ver la realidad de una Europa en proceso de involución.

La cuestión que ningún político se atreve a afrontar es: ¿hay que preguntar a los europeos qué Europa quieren? Porque de hacerlo, las sorpresas podrían ser preocupantes para unos y alentadoras para los que creen posible un nuevo modelo europeo en un mundo multipolar.
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