Por J.S. ---Groenlandia ha vuelto a ponerse de moda. No por sus fiordos, ni por el deshielo, ni siquiera por la cultura inuit, sino porque el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha decidido recordarnos que, en pleno siglo XXI, todavía hay líderes que conciben el mapa del mundo como un tablero inmobiliario. La isla más grande del planeta, hoy bajo soberanía danesa, aparece así en el escaparate geopolítico como si fuera un solar mal aprovechado: “estratégico”, “necesario” y, si hace falta, negociable por las buenas o por las malas.
El razonamiento no deja de ser refrescante en su simplicidad. Groenlandia interesa a Estados Unidos, luego debería ser de Estados Unidos. Con ese mismo criterio, quizá convendría revisar los archivos del Renacimiento, porque allí hay repartos mucho más ambiciosos. A finales del siglo XV, cuando Washington no existía ni como idea remota, el mundo fue dividido con gran solemnidad entre dos coronas ibéricas. España y Portugal se lo repartieron casi todo gracias a la “Bula Inter Caetera”, firmada por el papa Alejandro VI, y al posterior “Tratado de Tordesillas”. Un acuerdo tan elegante como temerario: una línea imaginaria, de polo a polo, para decidir quién podía conquistar qué.
El detalle incómodo para los entusiastas de las reclamaciones modernas es que esa línea cruzaba también Groenlandia. Según los cálculos de 1494, la parte oriental de la isla quedaba en la esfera portuguesa y la mayor parte en la castellana. Así que, si vamos a tomarnos en serio los argumentos de Trump, quizá habría que llamar primero a Madrid y Lisboa antes que a Washington. Sería una escena deliciosa: diplomáticos españoles y portugueses reclamando Groenlandia con mapas amarillentos y regla en mano.
Portugal, además, no se quedó solo en la teoría. En 1500, el rey Manuel I de Portugal envió al explorador Gaspar Corte-Real hacia el Atlántico norte, convencido de que aquellas tierras heladas formaban parte de su zona de influencia. Hubo exploraciones, contactos y hasta asentamientos provisionales. Nada duradero, cierto, pero suficiente para añadir otro aspirante a la lista de propietarios potenciales de Groenlandia. Y eso sin contar a los herederos naturales de los vikingos, que llegaron siglos antes, ni a Rusia, que hoy planta banderas en el fondo del Ártico reclamando su parte.
Si seguimos retrocediendo, el desfile de candidatos se vuelve interminable. Países nórdicos, imperios desaparecidos, exploradores olvidados y, con un poco de imaginación, cualquier potencia con una brújula antigua podría presentar su reclamación. El Ártico, en realidad, siempre ha sido un espacio disputado, reinterpretado según las necesidades de cada época. La diferencia es que antes se hacía con carabelas y pergaminos, y ahora con satélites, declaraciones altisonantes y amenazas de intervención militar.
La sátira se escribe sola. Si el Derecho Internacional actual se somete al criterio de “quien lo desea, lo reclama”, el mundo se convierte en una subasta histórica. Hoy Groenlandia; mañana medio Mediterráneo; pasado mañana América entera devuelta a sus legítimos propietarios del siglo XV. El resultado no sería un orden más justo, sino un caos perfectamente documentado.
Los viejos tratados como Tordesillas tienen hoy un valor puramente histórico, pero cumplen una función útil: recordarnos por qué dejamos de repartir el planeta con líneas imaginarias. Ignorar ese aprendizaje, por muy estratégico que sea el hielo ártico, no nos devuelve a una edad de oro, sino a una edad de conflictos. Y Groenlandia, pobre isla (sarcasmo), corre el riesgo de acabar convertida en la prueba de que algunos todavía creen que el mundo sigue siendo negociable… siempre que el mapa les convenga.