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Buenos y malos. Idealizar patrañas
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Buenos y malos. Idealizar patrañas

viernes 11 de octubre de 2019, 01:16h
Nuestra tendencia a etiquetar, simplificar y aceptar paradigmas merece una reflexión.

Hoy nuestros amigos estaban relajados y el café transcurría entre largas reflexiones.

—Nos hemos acostumbrado a que políticos, agitadores sociales y algunos sectores de la prensa marquen nuestra agenda —indicó nuestro viejo marino— y vemos como se quieren manejar nuestras opiniones y criterios. Se está produciendo una esquematización y radicalización social e ideológica. En ese juego vemos como nos guían llenando de explicaciones y justificaciones que tratan de contarnos nuestra historia reciente de forma maquillada, algo sectaria y con mucho sesgo ideológico. La aparición en el panorama político de VOX ha acentuado este fenómeno en ambos sentidos.

Por un lado —siguió nuestro marino—, asistimos a nostálgicos que se empeñan en dulcificar los años de la dictadura. Existía libertad y el adoctrinamiento era escaso. Parecen olvidar que en el Bachillerato de aquellos años había una asignatura de Formación del espíritu nacional o que existían la Falange, la Sección femenina o el Movimiento, órganos de adoctrinamiento y control, sin contar la censura que se imponía a la prensa y a cualquier espectáculo o expresión cultural; y en cuanto a la libertad, si bien había mucha diferencia entre los núcleos urbanos y rurales, era inexistente o, como mucho, una «libertad vigilada».

Intervino la joven profesora:

—También se carecería de rigor no reconocer que tras la II Guerra mundial, con el restablecimiento de relaciones diplomáticas, se entró en un periodo con la llegada de los «hombres de negro» que contribuyeron a crear un Plan de estabilización y con ello se favoreció la incipiente industrialización. La entrada de divisas de la emigración y el auge del turismo colaboraron a que se crease una clase media —sin la cual la Transición hubiera sido más complicada— y a crear una percepción de falsa libertad.

Nuestro marino concluyó:

—Todo eso que contamos es cierto, y los viejos marinos lo vivimos en primera persona, pero durante la dictadura hubo manipulación, adoctrinamiento y falta de libertades. Negarlo es faltar a la verdad; aunque si eso lo vemos con perspectiva y lejanía se puede acabar idealizando. Sin pasión, ¿Qué se podía esperar? ¡Vivíamos en una dictadura!

Pero lo que sorprende —prosiguió— es que ahora, en democracia, desde partidos que se llenan la boca con la palabra libertad o democracia estén en un permanente adoctrinamiento, imponiendo normas y censurando cualquier atisbo de diversidad o disconformidad con los criterios que han implantado. La descalificación y la etiqueta de «facha» es el mínimo castigo.

Por otro lado, asistimos a un intento perverso de cambiar la historia, de crear mitos e idealizar el pasado. Intentar reescribir la historia y blanquear a personajes abyectos no parece que sea el camino oportuno. Mentiras que solo consiguen perpetuar un episodio desgraciado fratricida buscando réditos políticos.

Sensatamente nuestra joven profesora añadió:

—Los hechos históricos nunca son lineales y unívocos. Son caras de un poliedro que se componen de verdades, mentiras, percepciones y diferentes puntos de vista —más o menos interesados—, que siempre son difíciles de juzgar hoy, por lo que lo más inteligente sería dejarlo para la historia. Querer revivir un periodo desgraciado parece poco adecuado. Mantener permanentemente la herida abierta es inexplicable, salvo que se busquen mezquinas rentas políticas. Hoy hay muertos que parecen más vivos que hace veinticinco o treinta años.

Siguió el viejo marino:

—Además se ha creado un caldo de cultivo por el que aquellos que se aparten del «diálogo políticamente correcto» o que no acepten a pies juntillas determinados postulados son anatemizados socialmente. Etiquetamos esto es bueno, esto es progresista, esto es social, esto es sostenible…, y lo convertimos en un criterio universal, y todos los que discrepen son enemigos a los que hay que fulminar. Creo que hemos perdido mucha de nuestra capacidad de libertad que ya habíamos conseguido. ¡Añoro aquellos años creativos, abiertos y tolerantes de los años de la Transición!

Asistimos a una pérdida de libertad, negada por la izquierda, y un afán de adoctrinarnos como borregos, con mentiras y argumentos falaces. Lo vemos en redes sociales, en grupos de presión o sectores de la prensa; pero también estos hábitos han llegado a las instituciones.

Como siempre hay claroscuros —comentó nuestra profesora—, hay cosas buenas, regulares o malas, pero no se puede ser tan simplista. Etiquetar y determinar quiénes son los buenos y los malos suena a pueril y muy malvado.

Concluyó nuestro marino:

—Lo de buenos y malos mejor dejarlo para las películas de vaqueros. Aunque aquellos buenos que rescataban a los de la caravana de los indios malos, resultaron que no lo eran tanto.

Acabamos el café y mientras nos marchábamos, como siempre, nos preguntamos si aquí, en la aldea, sabíamos de algo.

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