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Las Españas que no nos atrevemos a ser, una propuesta para salir del laberinto

Las Españas que no nos atrevemos a ser, una propuesta para salir del laberinto
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viernes 10 de julio de 2026, 08:50h

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Carlos Garcia.-

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Reflexiones sobre la reorganización federal de España y la Península Ibérica.

Hay libros que llegan tarde al debate público y hay libros que llegan antes de que el debate esté listo para recibirlos. La Constitución profunda de las Españas y la Federación Ibérica, del catedrático de Filosofía del Derecho Emilio Suñé Llinás, publicado en 2018 por la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense, pertenece probablemente a la segunda categoría. Es una obra incómoda, heterodoxa y deliberadamente provocadora. Precisamente por eso merece ser leída.

Lo primero que llama la atención es su carácter inclasificable. No es un tratado de derecho constitucional positivo ni un estudio histórico convencional. Es, ante todo, una reflexión de filosofía política e institucional que pretende reconstruir, desde una lectura histórica de larga duración, las bases de una posible reorganización federal de España y de la Península Ibérica. Y lo hace, además, en un lenguaje accesible y didáctico que raramente se encuentra en obras de esta envergadura intelectual, lo que convierte su lectura en una experiencia tan estimulante como exigente.

La tesis central parte de una distinción que el autor considera fundamental: España no tiene una sola constitución, sino dos. La primera es la escrita, la de 1978, un texto que Suñé Llinás respeta pero que considera agotado, incapaz ya de gestionar la pluralidad nacional. La segunda, y aquí reside la originalidad del planteamiento, es lo que denomina la "constitución profunda": el sustrato histórico, cultural e institucional que ha configurado el ser colectivo de los pueblos ibéricos a lo largo de siglos, y que no cabe en ningún papel.

Esa constitución profunda, argumenta el autor, es esencialmente plural y esencialmente federal. No porque alguien lo haya decidido en una mesa de negociación, sino porque así lo ha sedimentado la historia: la Monarquía de los Habsburgo, el pactismo medieval catalán y aragonés, y la convivencia de reinos bajo una corona común. El gran error de la España contemporánea, tanto del centralismo borbónico como del franquismo, y en menor medida del Estado de las Autonomías, ha sido ignorar esa realidad e intentar sustituirla por una arquitectura jurídica que no le corresponde. Y aquí Suñé introduce lo que quizá es la clave interpretativa de todo el libro: el federalismo no es una cuestión de organización territorial, sino de integración nacional. No se trata de redistribuir competencias administrativas entre diecisiete autonomías más Ceuta y Melilla, sino de reconocer que Cataluña es una nación, que Euskadi es una nación, y que España también lo es, y que las primeras se integran en una Gran Nación Española. Desde esa premisa, tanto el independentismo como el centralismo resultan igualmente equivocados: el primero porque pretende disolver lo que la historia ha unido; el segundo porque niega lo que la historia ha diferenciado.

De ese diagnóstico emerge una propuesta que el autor no se limita a esbozar: los dos últimos capítulos del libro presentan y desarrollan un proyecto completo de Constitución Federal para las Españas, con un comentario artículo por artículo que convierte la obra en algo más que un ensayo de ideas. Es una hoja de ruta. Y esa hoja de ruta se abre también a Portugal, con el objetivo de constituir una Federación Ibérica que no nace de la nostalgia sino del cálculo estratégico. La Federación en sí misma, España y Portugal unidos en la península, ya aportaría una masa crítica suficiente para ser un actor de peso real en Europa. Pero el proyecto no se detiene ahí: desde esa base peninsular, y a través de vínculos con Iberoamérica, se abriría una comunidad iberófona de más de 750 millones de personas, proyectando al conjunto hacia una influencia global que ninguno de sus fragmentos, por separado, podría alcanzar jamás. La apertura portuguesa, que algunos podrían descartar como quimera, no carece de sustento empírico: algunas encuestas realizadas en ambos países, muchas de ellas escasamente difundidas, sugieren una disposición de determinados sectores de la sociedad portuguesa, mayor de lo que suele reconocerse, a compartir con España espacios comunes de convivencia e instituciones de gobierno, sin que ello implique renuncia alguna a la soberanía nacional.

El libro tiene virtudes poco frecuentes en la academia jurídica española. Está escrito con pasión y con voluntad de interpelar al ciudadano común. Su autor no elude los juicios políticos, nombra responsables concretos y no disimula su irritación ante la mediocridad de la clase dirigente. Eso lo hace a ratos más parecido a un ensayo de combate que a un tratado académico, y en esa tensión reside buena parte de su atractivo. El tono puede resultar incómodo para quienes buscan la asepsia habitual del género; pero precisamente esa incomodidad es también una forma de provocación intelectual legítima.

La Constitución profunda de las Españas y la Federación Ibérica no es un libro fácil ni cómodo. Tampoco pretende serlo. Es el libro de alguien que ha sostenido estas ideas durante décadas con notable coherencia y que escribe con conciencia de que el tiempo apremia. En un tiempo en que el debate político oscila entre el inmovilismo y la fragmentación, leer a alguien que se atreve a pensar en grande (y que además se toma la molestia de concretar) es, de por sí, un ejercicio saludable. Que cada lector saque sus propias conclusiones. Lo difícil, después de leerlo, es quedarse indiferente.

Por Carlos García, Doctor en Derecho por la Universidad Complutense de Madrid

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