El mapa de Mercator, ampliamente utilizado en la actualidad, fue creado en 1569 por el cartógrafo flamenco Gerardus Mercator. Su principal objetivo era facilitar la navegación de los marineros europeos, tal como explica el profesor de cartografía James Cheshire, de University College London. Según Cheshire, «Quería que una línea recta en un mapa se viera como una línea recta en la realidad si se seguía un rumbo de brújula». Este propósito es lo que hace que el mapa funcione de manera excepcional.
Para mantener esos ángulos correctos en un mapa plano, Mercator tuvo que estirar las líneas de la cuadrícula a medida que se alejaban del ecuador hacia los polos. Así, su mapa compensa la curvatura de la Tierra haciendo que los países cercanos al ecuador parezcan mucho más pequeños de lo que realmente son, mientras que aquellos más cerca de los polos aparecen alargados.
Distorsiones y percepciones
Esta distorsión surge del hecho de que es imposible representar con precisión la superficie de un globo en un gráfico bidimensional. Más de 450 años después, la creación de Mercator sigue siendo la base para muchos mapas utilizados en aulas, televisión y plataformas digitales como Google Maps.
No obstante, críticos del mapa de Mercator advierten sobre el efecto psicológico que tiene ver algunos lugares como más pequeños y otros como más grandes. Esta percepción puede llevar a considerar lo más grande como más importante. Para el geógrafo keniano Kioko Muendo, esto ha contribuido a subestimar los vastos recursos, población y oportunidades de inversión en África.
Impacto político y económico
Muendo señala: «Los mapas son más que simples guías para viajeros; moldean cómo se perciben las regiones desde una perspectiva política y económica». Esta afirmación resalta la importancia crítica del diseño cartográfico no solo en términos prácticos, sino también en sus implicaciones sociales y culturales.