La automatización y el espejismo de un bienestar futuro garantizado.
El viejo marino remueve su café y suelta:
—Nos dicen que trabajaremos menos, incluso la ministra Yolanda Díaz lo vende como un avance, pero no dice es que cuántos dejarán de trabajar, ni quién pagará la fiesta. Mientras nuestros políticos miran para otro lado, el debate sobre la automatización está encima de la mesa, cada vez con más fuerza,
No es una disquisición filosófica, estamos ante un cambio estructural y profundo que afectará, no sólo en lo económico, sino también en lo laboral o el modelo educativo. Los países que conviertan esto en una cuestión estratégica serán los que estarán más preparados para afrontar esta nueva transformación tecnológica.
Goldman Sachs, en un informe reciente, estimaba que unos 300 millones de empleos podrían verse afectados en esta década, especialmente en las economías avanzadas —EE. UU., Europa o Japón—, en los que hasta un 25 % de los puestos actuales tienen tareas automatizables. No se habla de manufactura o industrias, sino de administrativos, analistas, servicios financieros o jurídicos. la clase media de toda la vida.
La joven profesora interviene:
—En 1930, Keynes ya habló del «desempleo tecnológico», pero era un proceso gradual, paulatino, incluso de varias generaciones, pero esta transformación se produce a un ritmo vertiginoso y su impacto se estima en pocos años, en una transición simultánea y transversal que dificulta su absorción en el corto plazo.
Los datos empiezan a confirmarlo, según trabajos recientes del MIT, el mercado laboral se polariza al crecer los empleos de alta cualificación y los de baja productividad, mientras que la mayor reducción afecta a niveles intermedios, que son los que han sostenido el equilibrio social y configuran el Estado del bienestar.
Más allá de informes y datos, ya tenemos hechos, un ejemplo, Amazon que supera los 750.000 robots en sus centros logísticos, en procesos que antes requerían miles de trabajadores.
La automatización no elimina todo el empleo, pero reduce la necesidad relativa de mano de obra, en muchas tareas y aumenta la productividad/trabajador, se produce más con menos empleados. Las consecuencias directas afectan a los salarios y cotizaciones que garanticen el sistema de pensiones.
Ahí se abre una incógnita, si el sistema de pensiones, sanidad y servicios públicos se soporta sobre el principio de que muchos trabajadores con sus impuestos y cotizaciones lo financian; si el empleo se reduce, se precariza o se concentra, se debilitaría su soporte e incluso podría poner en peligro el sistema, tal como lo conocemos actualmente.
España, tiene 2,34 cotizantes/pensionista —con zonas entre 3,5-3,2 y otras 1,3-1,6— con una tendencia descendente, a pesar de la propaganda gubernamental de «máximos históricos», lo que ya actualmente, en el medio plazo, podría comprometer el sistema.
El marino comenta:
—Con una población envejecida, un nivel bajo de productividad que no se traduce en nuevo empleo si se añaden las posibles tensiones por la automatización, a pesar de lo que diga Pedro Sánchez, podemos, en no muchos años, perder parte de nuestro progreso y mientras los políticos están con la «luz corta» para evitar el desgaste de esta disrupción.
Hay que sumar otro elemento en esta ecuación que podría agravar el escenario la competencia global, porque durante años en la UE se ha externalizado la fabricación —manufacturera y de bienes tecnológicos— a países emergentes con costes mucho más bajos, lo que introduce nuevas dificultades.
Mientras todos estos elementos están sobre el tablero, el debate político sigue girando en torno a medidas que ignoran esta realidad, hablar de la reducción de jornada —sin aumento de la productividad, ni generación de valor—, seguir aumentando el gasto público y el déficit, a largo plazo, no es la solución.
Apunta la profesora:
—Por mucho relato, el bienestar social no se resuelve con decretos y limosnas, porque si la base del empleo cambia, no se podrá sostener permanentemente con déficit público y subidas de impuestos. Mantener este modelo con menos empleo cualificado o empleo de menor calidad será, sencillamente, insostenible.
Algunos economistas plantean, como salida que, la automatización generará suficiente riqueza como para compensar esa pérdida; aunque algunos estudios, del propio entorno del MIT, señalan la creciente desconexión entre productividad y salarios. Un escenario en el que la economía crece, pero sin una distribución homogénea; es decir mayor desigualdad y más déficit público.
Durante décadas, la idea era que el progreso tecnológico llevaba aparejado el progreso social. Actualmente es una simplificación peligrosa, porque los avances tecnológicos generan riqueza, pero también provocan disrupciones profundas, con ganadores y perdedores.
No es sumarse al pesimismo, sino a la reflexión y a la acción posterior para anticiparse a los problemas. Aunque «el futuro está en las estrellas», Zapatero dixit.
El viejo marino concluye:
—Llevamos tiempo confundiendo deseos con realidad, pero en economía, esa confusión acaba pasando factura, claro que, siempre podremos hacer que los robots coticen
Entre risas se van a la playa. Lo histriónico, para esta cosas, ayuda.
Jorge Molina Sanz
Agitador neuronal
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