Se mantiene el déficit, aumenta la deuda y sostiene un gasto público ineficiente y polémico.
El marino con los titulares económicos comenta:
—Según el alborozo gubernamental somos una potencia. Nuestra economía crece, se crea empleo, se amplían prestaciones y cada semana se anuncia un nuevo proyecto con más gasto. Según Sánchez y sus ministros nadamos en la abundancia, lo paradójico es que, cuanto mejor estamos, debemos más y el poder adquisitivo medio baja.
Una contradicción que merece ser analizada. La AIReF, el FMI o la OCDE coinciden en el crecimiento de la economía española en 2026, aunque matizan y subrayan la necesidad imperiosa de la contención del desequilibrio fiscal, mejorar la eficiencia del gasto y aprovechar los años de crecimiento para conseguir el superávit presupuestario y reducir sustancialmente la deuda pública.
Cuando una economía avanza, pero incrementa su deuda y expande el gasto por encima de los ingresos, es una «falsa prosperidad» sostenida con recursos futuros y nos hipotecamos
Ahora la clave no es crecer, sino sanear las cuentas públicas.
La joven profesora añade:
—Ahí está la trampa. Crecimiento no significa solvencia. Una familia puede elevar durante años su nivel de vida porque crecen sus ingresos y otra se endeuda. En apariencia, ambas parecen más prósperas; hasta que los acreedores llegan con las facturas.
En julio, la AIReF advertía de que el gasto público sometido al control de la UE crecerá en 2026 casi el doble, un 6,4 %, frente al 3,5 % comprometido y advierte de un aumento relevante del déficit y del incumplimiento de las reglas fiscales comunitarias.
Según el B. de España, en mayo la deuda se situó en el 100,2% del PIB, dos puntos menos que un año anterior. Un magnífico titular propagandístico, aunque oculta que, en términos absolutos debemos 1,729 billones/€, es decir un incremento del 4% interanual.
Baja el porcentaje, pero seguimos debiendo más dinero. Ambas afirmaciones son ciertas, aunque si sólo se elige una, se puede vender el relato triunfalista,
El marino comenta:
—Es como adelgazar engañando a la báscula, se mejora la cifra, pero no nos cabe la camisa. Hay otros parámetros, más allá de cuánto gastamos, porque también importa cómo se gasta.
El Instituto de Estudios Económicos estima que España podría mantener un nivel similar de servicios públicos con alrededor del 14% menos de gasto, unos 60.000 millones de euros, sólo alcanzando mayor eficiencia.
El IEE pertenece a la CEOE y su cálculo se podrá discutir, pero esa magnitud obliga, al menos, a plantearse algunas preguntas, antes de aumentar el esfuerzo fiscal y que siga creciendo la deuda pública:
¿Hemos demostrado que se administra bien lo que se recauda?
Hay otra parte menos visible, pero que afecta económicamente. La SEPI, el brazo empresarial del Estado cerró 2025 con 16.504 millones de deuda consolidada, prácticamente el doble de 2021, y después de 30 años vuelve a financiarse con pagarés.
Correos ha necesitado sucesivas inyecciones públicas; Navantia acumula miles de millones en financiación estatal, mientras que la SEPI aumenta posiciones —con deuda— en Telefónica, Indra o Talgo. Operaciones que puede tener justificación estratégica, industrial o social, pero el problema está en que lo excepcional se ha convertido en norma y ese aumento de participación empresarial se financie con deuda.
La profesora añade:
—Además, una parte de ese coste queda escondido entre empresas públicas y distintos mecanismos de financiación que dificultan quien lo acaba soportando. Es fácil anunciar una ayuda de 500 millones; pero lo difícil es explicar quién la financia y cómo será su retorno.
Este es el espejismo que se está viviendo, porque el gasto produce actividad, una subvención acaba en consumo, una obra pública genera empleo, una transferencia sostiene renta, una nómina pública paga comercios o un rescate evita despidos.
Todo tiene efectos económicos y algunos necesarios, pero gastar con dinero prestado puede aumentar la actividad y la cuestión no es si produce crecimiento, sino si, además, generan riqueza para poder devolverlo.
Después de años de presupuestos prorrogados, fondos europeos, nuevas prestaciones, ampliación del empleo público e intervenciones empresariales, se ha desarrollado la habilidad para aumentar la capacidad aumentar el gasto, pero fortaleza económica es otra cosa.
La deuda —intereses/amortización—, tienen coste de oportunidad. Cada euro destinado a ella no podrá dedicarse a educación, infraestructuras, innovación o, sencillamente, reducir impuestos.
España debe proteger a los débiles, financiar servicios públicos y realizar inversiones que el mercado no puede acometer, pero también tiene obligación de priorizar, evaluar resultados y eliminar gasto ineficiente.
Lo contrario supone convertir la política social en dependencia, la inversión en propaganda y la deuda en un sedante que sólo aplaza decisiones desagradables.
El viejo marino remata:
—No presumamos de abundancia porque, como relata Quevedo en El buscón, nos podemos ver como aquellos hijosdalgo que derramaban migajas de pan por la barba y el vestido para simular haber comido. No gastemos hoy lo que corresponde a los que no han nacido.
Jorge Molina Sanz
Agitador neuronal
jorge@consultech.es