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Hay que contarlo, los niños y niñas invisibles

Hay que contarlo, los niños y niñas invisibles
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viernes 14 de agosto de 2026, 20:21h

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Mientras España y Marruecos discuten quién debe hacerse cargo de la frontera, hay niños y niñas que duermen en ella. Dos semanas después de la llegada masiva a Ceuta, centenares de menores continúan fuera del sistema de protección. Detrás de las cifras, las competencias y el debate político existe una realidad mucho más sencilla: son niños y niñas, y deben ser protegidos.

Por Ángela García

Hay imágenes que permanecen en la memoria mucho después de que los titulares hayan desaparecido. La de un niño durmiendo sobre un cartón, en una calle desconocida, podría ser una de ellas. No sabemos su nombre, qué edad tiene exactamente ni cuánto miedo sintió al cruzar la frontera. Tampoco sabemos si alguien lo espera al otro lado.

Pero sí sabemos algo esencial: es un niño.

Los días 30 y 31 de julio, Ceuta vivió una entrada migratoria de una magnitud extraordinaria. Más de 70.000 personas cruzaron la frontera del Tarajal, según los datos recogidos por el Defensor del Pueblo. Entre ellas había numerosos niños, niñas y adolescentes, muchos sin la compañía de una persona adulta que pudiera protegerlos.

Las cifras han ido cambiando a medida que las autoridades avanzaban en las labores de identificación. El 7 de agosto, el Gobierno de España informó de que habían sido registrados 1.342 menores. Días después, el presidente de Ceuta, Juan Jesús Vivas, cifró en aproximadamente 1.300 los que continuaban en la ciudad.

Sin embargo, estos números no ofrecen todavía una fotografía completa.

El Defensor del Pueblo ha reconocido que numerosos menores siguen pendientes de identificación y que algunos permanecen escondidos en diferentes zonas de Ceuta. Save the Children, que ha desplazado un equipo hasta la ciudad, afirma haber localizado a niños y niñas menores de 16 años durmiendo en la calle y fuera del sistema de protección.

No sabemos, por tanto, cuántos son exactamente. Y quizá esa ausencia de una cifra consolidada sea uno de los datos más inquietantes de todos.

Cuando un niño o una niña no aparece en un registro, no significa que no exista. Significa que nadie sabe dónde duerme, si ha comido, si necesita atención médica, si siente miedo, si ha sufrido alguna agresión o si alguien se está aprovechando de su vulnerabilidad.

La situación de las niñas resulta especialmente preocupante. Los servicios sanitarios han atendido al menos a cuatro menores tras denunciar presuntas agresiones sexuales. Además, la Policía Nacional confirmó posteriormente la presentación de seis denuncias por parte de menores marroquíes, a quienes se aplicaron los protocolos médicos previstos para casos de violencia sexual.

Las denuncias están siendo investigadas por la Policía y los órganos judiciales. Por tanto, debemos hablar de presuntas agresiones mientras no exista una resolución judicial que determine lo ocurrido y establezca las correspondientes responsabilidades. Pero la necesaria prudencia jurídica no puede confundirse con indiferencia: está confirmado que varias niñas solicitaron ayuda, fueron atendidas y denunciaron haber sufrido violencia sexual.

No conocemos todavía toda la dimensión de lo sucedido. Tampoco sabemos cuántas víctimas pueden haber guardado silencio por miedo, desorientación o desconfianza. Lo que sí sabemos es que una niña sola, sin un lugar seguro donde dormir y sin una persona adulta de referencia, se encuentra expuesta a un riesgo que ninguna sociedad debería aceptar.

Save the Children ha advertido del peligro de violencia sexual, explotación, trata y captación por redes criminales cuando una menor permanece sin identificar, sin alojamiento seguro y sin acompañamiento especializado.

No es necesario exagerar nada. La realidad ya es suficientemente grave.

También sería injusto simplificar lo ocurrido o señalar a una única administración. Ceuta está soportando una presión humana y material difícilmente asumible para una ciudad de sus dimensiones. Sus servicios de protección han quedado desbordados, mientras numerosos ciudadanos y ciudadanas, profesionales, entidades sociales y personas voluntarias intentan atender una emergencia para la que ningún recurso local parece suficiente.

Reconocerlo no significa renunciar a exigir responsabilidades. Significa comprender que una crisis de esta magnitud no puede recaer únicamente sobre los hombros de una ciudad fronteriza.

Marruecos debe explicar cómo fue posible que decenas de miles de personas, entre ellas tantos menores, alcanzaran la frontera en apenas dos días. España debe garantizar la identificación y la protección inmediata de cada niño y cada niña que se encuentren en su territorio.

No se trata de buscar un culpable sencillo para un problema complejo. Se trata de evitar que la complejidad se convierta en una excusa para no actuar.

El debate sobre el retorno a Marruecos también exige serenidad. La reunificación familiar puede ser la mejor solución cuando existe una familia localizada, se comprueba que el regreso es seguro y se determina que responde verdaderamente al interés superior del menor. Pero ninguna devolución debería realizarse de forma colectiva o automática.

Cada caso debe ser estudiado individualmente. Es necesario identificar al niño o a la niña, escuchar su historia, conocer sus circunstancias, localizar a su familia y comprobar que el regreso no los expone a un nuevo peligro.

Resulta aterrador pensar que una criatura pueda cruzar una frontera, sobrevivir al peligro y acabar desapareciendo dentro de nuestro propio papeleo o simplemente desapareciendo sin más……

Un menor no puede ser devuelto como quien devuelve un paquete de correos o un expediente a la administración que lo remitió. Pero tampoco puede convertirse en un expediente que nadie vuelve a abrir.

Quizá algunos de estos niños y niñas tengan una familia que los busca desesperadamente en Marruecos. Quizá otros huyan precisamente de un entorno al que temen regresar. Algunos pueden haber cruzado impulsados por mensajes falsos difundidos en las redes sociales. Otros habrán seguido a amistades, familiares o personas adultas que les prometieron una vida distinta. Habrá tantas historias como menores.

Pero ningún debate sobre seguridad debería obligarnos a elegir entre proteger una frontera y proteger a la infancia. Un Estado democrático debe ser capaz de hacer ambas cosas.

Tampoco deberíamos convertir a estos menores en símbolos de nuestras posiciones políticas. No son argumentos a favor o en contra de la inmigración. No son una cifra que pueda utilizarse para acusar al adversario ni una imagen emotiva destinada a tranquilizar nuestra conciencia durante unos minutos.

Son personas en una etapa de la vida en la que deberían poder depender de los adultos. Y, sin embargo, son los adultos quienes ahora discuten qué hacer con ellas.

Tal vez el verdadero fracaso no se mida solamente por cuántas personas lograron cruzar la frontera, sino por cuántos niños y niñas permanecieron después en la calle sin que nadie supiera siquiera que estaban allí.

Publicar un artículo no dará una cama a quienes esta noche duerman en la calle. Tampoco resolverá las relaciones entre España y Marruecos ni aliviará por sí solo la presión que soporta Ceuta. Es apenas un pequeño gesto, un granito de arena frente a una realidad inmensa.

Pero guardar silencio tampoco protege a nadie.

Quizá lo primero sea mirar a estos niños y niñas sin miedo, sin consignas y sin prejuicios. Mirarlos como miraríamos a nuestros propios hijos e hijas si estuvieran solos, desorientados y rodeados de personas cuyo idioma apenas comprenden.

Después podremos hablar de leyes, fronteras y responsabilidades. Podremos discutir cuál debe ser su destino y qué administración debe asumir su cuidado.

Tal vez estemos ante algo más que un fracaso institucional. Quizá sea también un fracaso de la humanidad: no porque no hayamos sabido impedir que miles de personas cruzaran una frontera, sino porque, después de hacerlo, hubo niños y niñas que permanecieron en la calle sin que nadie supiera siquiera que estaban allí.

Porque una frontera puede verse desbordada en unas horas; lo que no debería desbordarse nunca es nuestra capacidad para reconocer a un niño, escuchar a una niña y ponerlos a salvo.

Y entonces debemos preguntarnos:

¿Cuánto tiempo puede permanecer una criatura sola en nuestras calles antes de que su olvido también empiece a hablar de nosotros?

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