El régimen iraní no es una amenaza emergente: es un estado terrorista con 47 años de trayectoria criminal ininterrumpida. Desde su instauración en 1979, la República Islámica de Irán ha acumulado un historial de atentados, secuestros, asesinatos y desestabilización regional que pocos regímenes en la historia moderna pueden igualar. Olvidar esta realidad no es un acto de prudencia diplomática, sino una peligrosa miopía que pone en riesgo la seguridad de Occidente y de las democracias liberales.