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La CUP frena el independentismo

lunes 04 de enero de 2016, 04:19h

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Gracias CUP por votar en contra de la investidura de Artur Mas y dejar la puerta abierta a la celebración de nuevas elecciones en Cataluña el próximo mes de marzo. Visto el espectáculo asambleario de las formaciones antisistema que integran la CUP, inédito en toda Europa, el pueblo catalán tendrá una segunda oportunidad para replantearse si seguir adelante con el proceso independentista o frenarlo.

Si tras el 27-S alguien hubiese pronosticado que tres meses y siete días después la Candidatura de Unidad Popular (CUP) impulsaría por un ajustado margen la repetición de las elecciones autonómicas, simplemente habría sido tachado de loco. Todo apuntaba que 2015 sería decisivo en la hoja de ruta del proceso independentista catalán, el año elegido con bastante anterioridad por determinados poderes para escenificar la ruptura con España.

Pero ha sido la CUP, una amalgama de movimientos independentistas, ecologistas, anarquistas, antisistema, anticapitalistas, antieuropeístas y grupos de extrema izquierda que se rigen por el asamblearismo, quien, paradójicamente, ha paralizado la agenda que proclama defender.

Es sabido que los movimientos anti todo y asamblearios son fáciles de manipular e infiltrar por tirios y troyanos. Tendremos que esperar bastantes años para que los historiadores y el periodismo de investigación arrojen luz sobre los orígenes y financiación de las fuerzas que se mueven en el seno de la CUP.

El domingo 3 de enero y después de semanas de negociaciones, asambleas, debates internos y reuniones discretas, la CUP decidió que sus diez diputados no apoyarán la investidura de Artur Mas a la Presidencia de la Generalitat.

La votación fue muy ajustada. 36 votos en contra de Mas, 30 a favor y una abstención. Es decir, apenas una diferencia de seis votos han frenado la “desconexión” de España que el nuevo Parlament se disponía a llevar a cabo y han puesto en marcha un nuevo escenario: repetir las elecciones.

Solo en el caso de que Junts pel Sí propusiese un candidato alternativo volvería al punto de partida el proceso de investidura. Pero se antoja poco probable, visto que Artur Mas ha aguantado el tirón hasta el final sin dejar paso a otro competidor.

Bien mirado, la CUP ha hecho un favor histórico tanto a la mitad de los catalanes (51,7%) que votaron el 27 de septiembre en contra del independentismo (frente al 47,7% del sí) como a la gran mayoría de los españoles que no quieren un país dividido.

Y también, si lo vemos desde la misma perspectiva, la terquedad y el empecinamiento de Mas ha sido crucial para desembocar en el escenario de nuevas elecciones. En Madrid se lo tendrán que agradecer de alguna manera.

Los medios de comunicación coinciden en afirmar que la negativa de la CUP ha dejado tocado el proceso independentista. Sin duda. Esa es la primera lección aprendida de estos tres meses de desvarío en los que las formaciones soberanistas nos han mostrado, en el caso de que llegasen al poder, cómo gobernarían una Cataluña independiente a golpe de asambleas.

Hasta la inteligente alcaldesa de Barcelona Ada Colau, que empieza a darse cuenta de la complejidad de gobernar el segundo ayuntamiento de España y la responsabilidad derivada de ello, se ha sonrojado ante el espectáculo de la CUP.

Cuando a principios de marzo el pueblo catalán vuelva a las urnas tendrá muy presente si es aconsejable seguir adelante con el proceso independentista o si, por el contrario, es preferible pelearse con Madrid -como tantas veces a lo largo de los últimos 40 años- para obtener ventajas fiscales o renegociar los casi 70.000 millones de euros de deuda que han conducido a la quiebra de la Administración pública catalana.

En Estados de derecho siempre será más productivo negociar a cara de perro que romper la baraja. Eso lo sabe bien Artur Mas que se envuelve en la bandera del independentismo para tapar cuatro décadas de corrupción.

Corrupción que ha enriquecido durante años tanto a los políticos en el poder como a las grandes empresas familiares catalanas adjudicatarias de millonarios contratos públicos. Precisamente las grandes familias que estas semanas veían, sumidas en estado de pánico, cómo las asambleas de la CUP se convertían en árbitros de sus destinos.

La ambición de Artur Mas de volver a presentarse como candidato por Convergencia Democrática de Catalunya traerá consigo la ruptura de Junts pel Sí, o lo que es lo mismo: El líder de Esquerra Republicana Oriol Junqueras no compartirá de nuevo cartel con él. Para Junqueras, Mas se ha convertido en un lastre que le hace perder votos.

La previsible ruptura de Junts pel Sí reducirá y fraccionará el voto independentista y, después del espectáculo de los tres últimos meses, hará perder fuelle a la CUP que ya busca aliarse con Podemos y su apuesta por el referéndum de autodeterminación.

La repetición de elecciones autonómicas en Cataluña en marzo, y generales en toda España en abril (a modo de segunda vuelta) si no se llega a una fórmula estable de Gobierno, vuelven a dejar abierto el mapa político español con dos grandes escenarios posibles:

Un vuelco a la izquierda con un frente claro de izquierdas en España y la victoria del independentismo en Cataluña.

Un vuelco al centro-derecha con la vuelta del bipartidismo renovado y un frenazo en seco del independentismo catalán.

Comienza 2016 con mayor incertidumbre que nos dejó el año que acaba de concluir.
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