Hace apenas unos días, Tomás me contó que uno de los periodos más felices de su vida comenzó cuando su familia dejó La Coruña y se trasladó a Sidi Ifni. Tenía ocho años y durante tres vivió en plena naturaleza, jugando con otros hijos de militares, hasta que aquel territorio fue entregado a Marruecos.
El Sáhara fue distinto. Fue una etapa dura, muy dura. Allí cursó todo el bachillerato en un instituto donde convivían los hijos de los militares españoles con jóvenes saharauis que, años después, acabarían formando parte del Frente Polisario y convirtiéndose, al menos sobre el papel, en hipotéticos enemigos.
Yo conocí a Tomás a finales de los años setenta y comienzos de los ochenta, cuando entró como reportero en el diario El Alcázar junto a otro periodista, Federico Calero. Muy pronto descubrimos que Tomás estaba hecho de otra pasta. No se limitaba a contar las noticias: las observaba, las cuestionaba y las analizaba con un sentido crítico poco común. Y, además, poseía un estilo literario envidiable.
Con los años creció como periodista y como escritor. Pasó por La Gaceta de los Negocios, Expansión, El Sol y Claro, periódico del que llegó a ser subdirector. Después dio el salto a El País, donde desarrolló durante tres décadas una carrera llena de responsabilidades y donde acabó convirtiéndose en una de las voces más autorizadas sobre la inmigración africana, el Magreb y el Sáhara.
A comienzos de julio, después de la presentación de su última novela, pasé dos tardes en su casa. Allí tuve el privilegio de inmortalizarlo ante una cámara para YouTube, narrando el contenido de Aaiún. Confío en que esta novela, igual que Vírgenes y verdugos, llegue algún día al cine.
Tomás no escribía sobre el Sáhara desde la distancia. Contaba lo que había vivido en primera persona. Hablaba de aquel territorio desconocido para casi toda la península, porque durante años cuanto ocurría allí permanecía oculto bajo el sello de materia reservada.
Pero detrás del periodista brillante y del escritor de enorme talento había un hombre que convivía desde hacía décadas con una grave dolencia en la columna vertebral. Su mesa de comedor parecía una farmacia. El dolor era tan intenso que, en muchas ocasiones, me confesaba con tristeza que sabía que iría a peor y que no existía un verdadero remedio.
Tiempo atrás, mientras le ayudaba a rescatar algunos libros de su biblioteca después de un divorcio especialmente desagradable, me contó que una noche, vencido por la soledad, tomó de una vez todo el tratamiento de un mes. A la mañana siguiente despertó contrariado. Lo que buscaba era descansar para siempre. Después supe, por otro amigo, que durante su etapa en la isla de El Hierro también había intentado marcharse.

El primer viernes de este mes pasé varias horas hablando con él. El dolor y la soledad lo torturaban. Me confesó que era plenamente consciente de que ya no había manera de aliviar aquel sufrimiento y que, además, todo empeoraría. Ahora pienso que, de alguna manera, se estaba despidiendo. Tal vez me lo anunció y yo no supe entenderlo, o no quería creerlo.
Solo espero que, allí donde esté, ya haya comenzado una nueva novela. Y que cuando llegue mi turno pueda volver a sentarlo delante de una cámara y grabar con él un podcast sobre esa nueva vida sin dolor, rodeado de todas las personas que lo quisieron, que fueron muchas.
Aunque el muy bribón escogiera una fecha de verano para marcharse, sabiendo que muchos estarían de vacaciones.