El golpe de estado respaldado por la CIA en 1953 que derrocó al primer ministro iraní Mohammad Mosaddegh fue impulsado principalmente por el interés occidental en controlar el petróleo iraní, lo que interrumpió el desarrollo democrático del país y dio paso a décadas de autoritarismo. Este evento sentó las bases para un legado de desconfianza hacia Occidente, complicando la percepción actual de su apoyo a los manifestantes en Irán. La intervención extranjera no solo destruyó una oportunidad democrática, sino que también fortaleció un régimen represivo que ha sobrevivido gracias a su capacidad para usar la violencia contra su población. Para lograr un cambio significativo, las políticas occidentales deberían centrarse en empoderar a la sociedad civil iraní y ofrecer apoyo humanitario, evitando repetir los errores del pasado.
El golpe de Estado respaldado por la CIA en 1953 que derrocó al primer ministro democrático de Irán, Mohammad Mosaddegh, fue impulsado principalmente por el deseo de Occidente de controlar el petróleo iraní, más que por motivos ideológicos. Esta intervención extranjera truncó la trayectoria democrática de Irán, dando paso a décadas de autoritarismo y generando un profundo resentimiento hacia Occidente. Las actuales expresiones de apoyo occidental a los manifestantes iraníes son recibidas con escepticismo, dada esta historia que priorizó el control de recursos sobre una verdadera solidaridad democrática.
La supervivencia de la República Islámica se atribuye a un aparato de seguridad interno implacable y a su disposición para utilizar violencia extrema contra su propia población. Por lo tanto, una política occidental significativa debería centrarse en empoderar a la sociedad civil iraní y proporcionar apoyo humanitario, en lugar de repetir ciclos de intervención o aislamiento.
Hace setenta años, una operación encubierta que duró menos de una semana y costó menos de 100.000 dólares transformó radicalmente el Medio Oriente. En agosto de 1953, Estados Unidos y Reino Unido orquestaron el derrocamiento del primer ministro electo democráticamente, Mohammad Mosaddegh. El objetivo principal no era combatir el comunismo ni promover la democracia, sino recuperar el control occidental sobre las vastas reservas petroleras de Irán. Este evento crucial, conocido como Operación Ajax, estableció un precedente para la intervención extranjera y forjó un legado de desconfianza que continúa definiendo la relación entre Irán y Occidente y moldeando su política interna hoy en día.
El golpe no se dirigió contra una teocracia radical, sino contra un movimiento nacionalista popular. El gobierno de Mosaddegh había nacionalizado legalmente la industria petrolera controlada por los británicos, representando un momento raro y constitucional en la historia iraní. Su "crimen" fue afirmar la soberanía iraní sobre sus propios recursos naturales, amenazando así los intereses económicos de la Anglo-Iranian Oil Company (más tarde BP), en la que el gobierno británico poseía una participación mayoritaria.
La respuesta occidental fue contundente: Gran Bretaña, con Winston Churchill como defensor clave, impuso un asedio económico y finalmente llevó a cabo acciones encubiertas. A pesar de las dudas iniciales, la nueva administración Eisenhower en Washington se unió al complot por temor a perder un activo estratégico durante la Guerra Fría.
La Operación Ajax utilizó propaganda, sobornos y protestas escenificadas para desestabilizar a Mosaddegh. Tras un violento enfrentamiento que dejó cientos muertos, el primer ministro fue arrestado y el Shah prooccidental, Mohammad Reza Pahlavi, fue reinstalado como gobernante autocrático.
Las consecuencias del golpe produjeron una irónica paradoja histórica. Occidente eliminó al último gobierno democrático popular en Irán para asegurar el acceso al petróleo y mantener la estabilidad regional. En su lugar, fortaleció la dictadura del Shah, quien gobernó con un aparato represivo cada vez más brutal durante 26 años. El resentimiento generalizado hacia este régimen impuesto desde el extranjero se convirtió en uno de los principales motores de la Revolución Islámica de 1979, que reemplazó al Shah con un régimen teocrático explícitamente hostil a la influencia occidental. Así, la intervención destinada a garantizar el control resultó en su pérdida permanente.
Esta historia explica el profundo escepticismo con que muchos iraníes perciben las declaraciones occidentales de solidaridad durante períodos de agitación interna, como las recientes protestas nacionales. El lenguaje relacionado con "libertad" y "democracia" suele ser visto como un guion familiar que históricamente ha ocultado objetivos geopolíticos y económicos concretos. El régimen utiliza también la memoria del golpe del 53 para desacreditar cualquier disidencia como traición fomentada desde el extranjero, complicando así la posición de los verdaderos manifestantes que buscan cambios pero temen convertirse en peones dentro de un juego más amplio.
A pesar de que la sociedad iraní ha demostrado una notable resiliencia y repetidos brotes de oposición, los analistas señalan que la verdadera fortaleza del régimen islámico radica no en su popularidad sino en su disposición a usar fuerza abrumadora para mantener el poder. Su arquitectura para sobrevivir está diseñada para reprimir internamente:
Esta capacidad represiva sugiere que se puede subestimar vulnerabilidad del régimen en momentos críticos; ha demostrado repetidamente estar dispuesto a derramar tanta sangre como sea necesario para perdurar.
La sombra del golpe del 53 sigue siendo alargada. Es una narrativa sobre cómo la competencia por recursos y las políticas entre grandes potencias pueden descarrilar el desarrollo democrático de una nación con consecuencias duraderas durante generaciones. Para los responsables políticos actuales, la lección es clara: los resultados sostenibles requieren superar patrones cíclicos de intervención e aislamiento. Una estrategia que realmente se alinee con las aspiraciones del pueblo iraní implicaría apoyo tangible a la sociedad civil y conectividad humanitaria, evitando acciones que refuercen la narrativa del régimen sobre conspiraciones extranjeras. El desafío complejo consiste en reconocer una historia marcada por manipulaciones externas mientras se reconoce también la agencia del pueblo iraní en busca de autodeterminación sin repetir los errores catastróficos del pasado.
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