Los ecos de explosiones, los muros de contención, los ataques con cohetes y las largas filas en la cantina son solo algunas de las memorias que perduran en quienes sirvieron en Afganistán entre 2001 y 2021. Cada uno de ellos guarda recuerdos vívidos de su experiencia, ya sea en un vuelo hacia Kandahar, Kabul o Camp Bastion, donde el objetivo era evitar ser derribados por misiles talibanes.
A lo largo de dos décadas, miles de soldados y civiles de múltiples naciones respondieron al llamado de Estados Unidos para ayudar en Afganistán. Este llamado se formalizó a través del artículo 5 de la OTAN, una cláusula que nunca antes había sido activada en sus 77 años de historia, estableciendo que un ataque contra un miembro se consideraría un ataque contra todos.
El contexto histórico es crucial: tras los devastadores ataques del 11 de septiembre perpetrados por al-Qaeda, que operaba bajo la protección del régimen talibán, Estados Unidos buscó venganza y justicia. Casi 3,000 vidas fueron arrebatadas cuando aviones comerciales fueron estrellados contra las Torres Gemelas y el Pentágono.
Intervención militar y sus consecuencias
La respuesta fue rápida; los talibanes fueron destituidos del poder gracias a una colaboración entre el ejército estadounidense, la CIA y la Alianza del Norte afgana. Sin embargo, el foco luego se trasladó a la búsqueda de los remanentes de al-Qaeda. Las fuerzas británicas también participaron activamente en esta cacería, aunque muchos militantes lograron escapar hacia Pakistán.
Diez años después, el líder de al-Qaeda, Osama Bin Laden, fue finalmente localizado y abatido por comandos de la Marina estadounidense en Abbottabad. Durante los primeros años de "Operación Libertad Duradera", como se conoció a la intervención inicial, las cosas parecían relativamente tranquilas. Sin embargo, esa calma engañosa pronto dio paso a un conflicto más intenso.
A medida que la atención estadounidense se desvió hacia Irak a finales de 2003, muchos soldados comenzaron a referirse a Afganistán como "Operación Olvidada". No obstante, el peligro seguía presente; desde una base aérea empapada por la lluvia en Kandahar, se observaba cómo las tropas rumanas salían con cautela en patrullas temerosas ante emboscadas.
El aumento del conflicto
Todo cambió en 2006 cuando el Reino Unido intensificó su presencia militar en la provincia de Helmand. Los talibanes dejaron claro su mensaje: si llegaban fuerzas extranjeras, habría resistencia. La sorpresa fue palpable entre las autoridades británicas ante la intensidad del combate que enfrentaron sus tropas.
Durante los siguientes ocho años hasta el final de las operaciones de combate en 2014, no solo los estadounidenses arriesgaron sus vidas. Soldados británicos, canadienses, daneses y estonios también enfrentaron combates brutales en Kandahar y Helmand. Además, es fundamental reconocer el sacrificio y valentía de muchos afganos que lucharon durante estas dos décadas.
Sin embargo, el mayor temor para muchos soldados provenía no tanto del combate directo sino de los IEDs (dispositivos explosivos improvisados), hábilmente ocultos por los talibanes. En un instante devastador, una vida sana podía cambiar drásticamente debido a estos artefactos mortales.
Reflexiones sobre el sacrificio
La omnipresencia de estos dispositivos llevó a muchos soldados a salir al campo deseando que cualquier impacto resultara en una amputación por debajo de la rodilla y no por encima. La resiliencia mostrada por aquellos que han sobrevivido a tales experiencias es admirable; muchos han logrado reconstruir sus vidas tras sufrir pérdidas inimaginables.
No es sorprendente que haya habido una fuerte indignación nacional ante comentarios recientes del presidente estadounidense sugiriendo que algunos habían evitado el combate. Aquellos que respondieron al llamado tras los ataques del 11-S merecen ser recordados por su valentía y sacrificio inquebrantable.