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¿Soy apátrida?
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¿Soy apátrida?

viernes 06 de julio de 2018, 12:00h
Albert Boadella, el cómico siempre crítico con los desmanes del poder catalán, su Ubú president con el que criticaba a Pujol fue buena expresión de ello, y le costó un destierro de facto de su Cataluña natal; de repente irrumpe en la política como flamante president de ese territorio imaginario llamado Tabarnia.

Lo más chocante es que el cómico resulta más serio, más lúcido y más sensato que cualquiera de esos hilarantes y chocarreros políticos independentistas catalanes.

Resumiendo, contamos con un cómico cabal y sensato, mientras que los políticos actúan como bufones y con planteamientos insensatos siendo indulgentes.

Este es un tema en el que puedo ser bastante parcial porque me afecta personalmente. Aunque feliz en mi aldea junto al mar, nací en Tarragona, por lo que siempre me consideré catalán y siempre he sido el “catalán” para amigos y conocidos de otras partes de España.

De repente oigo que alguno de esos payasos, farsantes y manipuladores políticos catalanes, no solo piensa, sino que ha dicho: “Tu has nacido en Cataluña, pero no eres catalán”.

Y me pregunto ¿De dónde soy?

Tengo en mi recuerdo una llamada de ya unos 18 años a una multinacional japonesa, a su sede española en Barcelona; una educada y correcta telefonista me contestó con un: “Sony diguim”. En ese momento visualice que algo se estaba haciendo mal.

Reflexione que si una empresa, japonesa, con clientes y negocio en todo el territorio nacional, con independencia del domicilio de su sede española, y que seguramente recibía diariamente decenas, cientos o miles de llamadas desde cualquier punto de España, y si su saludo era en la lengua local, que seguramente desconocía esa persona que llamaba; solo se podía deber a un deseo de la multinacional de caer antipáticos ante sus clientes del resto de España, o sencillamente que entendía que “debía de hacerlo así”.

El problema actual se ha ido cociendo, año tras año, partiendo de las escuelas, los organismos públicos, la captación de voluntades a través de las prebendas del poder, hasta crear un caldo de cultivo que trascendienda a la sociedad y generar un conflicto que era inexistente.

Siempre creí que el conocimiento de idiomas y las lenguas eran un vehículo de comunicación, una forma de acercamiento, de comprensión y entendimiento de las personas; pero lo que se ha hecho con ella es justo todo lo contrario. Se ha convertido en un elemento diferenciador, en un distintivo de superioridad y su uso se ha utilizado para marginar y catalogar a personas con un ADN inferior. ¡Esos botiflers!

Una tierra que fue de acogida, una tierra con grandes cualidades, una tierra de gente hacendosa y trabajadora, en definitiva, una gran región; pero que tampoco debe olvidar que fue una de las grandes beneficiadas en la dictadura.

Como ejemplo podemos remitirnos a los famosos Planes de Desarrollo Económico y Social, en los años 60 del siglo pasado, para ver la concentración de fondos para crear muchas infraestructuras y condiciones favorables para el establecimiento de empresas con innumerables ventajas y exenciones fiscales. Todas estas acciones se concentraron en zonas muy concretas, y en detrimento de otras.

Es decir, entre todos pagamos esas condiciones ventajosas, pagamos esas infraestructuras, ayudamos a que se atrajesen empresas que pudieron gozar de unas condiciones óptimas para su instalación, con ayudas y mejoras fiscales.

Esa riqueza atrajo a personas de todo el resto de España, en especial andaluces, aragoneses y gallegos de zonas rurales y más pobres. Allí tuvieron la oportunidad de vivir, progresar, dar educación a sus hijos y arraigarse. Es para estar orgullosos y contentos.

Claro que esos emigrantes, carecían del seny de esos que contaban con veintiocho apellidos catalanes, no eran esas personas cultivadas y exquisitas, tan alejadas de esa canalla obrera que debían soportarse como mal necesario.

Aunque cuando esa burguesía, culta, viajada y superior al resto, acaba siendo representada por personajes agrestes y mediocres, como el orate Puigdemont o el xenófobo Torrá, no dejo de pensar que estamos dirigidos por bufones, pero peligrosos alevosa.

No sé si me producen ternura, risa o desdén, pero si constato que son altamente peligrosos porque hacen sus deberes de una manera tenaz y contundente, muy diferente a lo que hemos visto en los gobiernos nacionales, más preocupados por esos votos necesarios en el Parlamento para mantenerse en el poder. Su hoja de ruta la aplican inexorablemente y la batalla de la propaganda interior e internacional la gana de forma implacable.

También me producen nauseas actitudes rufianescas y serviles de algunos que han abrazado el independentismo como si de un Pablo caído del caballo se tratase, olvidando sus orígenes, la verdad y los hechos reales.

Un poco de conocimiento de historia, no esa inventada por el tal Cucurull y adláteres (ahí si tenemos una buena cantera de ridículos cómicos, y no los de Tabarnia), un poco de cultura económica y alguna altura de miras, lo mínimo exigible para ser dirigente político, les vendría bastante bien… Aunque a lo mejor, simplemente, con un poco de vergüenza y del sentido del ridículo sería suficiente.

Por todo ello, y otras muchas cosas más que renuncio a escribir para no cansar, me encuentro que lo jocoso, lo humorístico, lo burlón, lo mordaz planteado socarronamente por los creadores de Tabarnia es de las cosas más serias que veo comparativamente, porque no hacen más que poner en evidencia lo esperpéntico y ridículo que es todo el Procés.

Mientras yo, en mi aldea, me encuentro con una enorme diatriba.

Por un lado, ya no soy catalán porque los que usurpan el poder en Cataluña han decidido que, aunque haya nacido allí, no soy acreedor de ese reconocimiento.

Por otro lado, en mi aldea me consideran catalán.

Que dilema, ¿De dónde soy?

Encima no puedo ser tabernes, sería necesaria toda una reforma constitucional, habría que modificar la distribución del territorio nacional.

Aunque, por dar ideas, aprovechando, podemos crear ocho o nueve autonomías más, existen unas cuantas reivindicaciones desatendidas. Así tendremos oportunidad de gastar el superávit económico que tenemos y no sabemos en que gastar.

Claro que todo el problema es fútil y debe ser mío por no haberme aliado a los bufones que mal gobiernan esa maravillosa tierra catalana.

Menos mal que vivo en mi aldea.

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