OPINIÓN

Hipotecas e impuestos. Más cuentos chinos

Jorge Molina Sanz | Jueves 15 de noviembre de 2018
Hoy mi viejo marino llegó todavía mohíno con el tema de los impuestos de las hipotecas.

Le comenté que era un tema demasiado debatido y que la actualidad ya lo había devorado y que se podía dar por amortizado.

― Si, eso es lo malo, cualquier tema dura tres telediarios, los asuntos se olvidan y parece que el problema ha dejado de existir.

Asentí, me sonreí y le comenté que, en este caso, parecía claro que lo iban a pagar los bancos; aunque añadió:

― Sería por tu parte muy ingenuo creerte, por mucho que se legisle, que al final no lo vamos a pagar nosotros. Pero lo que me disgusta también son otros aspectos.

Sorbí mi café y le dejé que me fuese desgranando su reflexión.

La primera era sobre la precipitación a la hora de legislar. Por ejemplo, se excluye a las cajas rurales y cooperativas de crédito, porque por una ley anterior están exentas ―situación algo dudosa porque actualmente es muy difícil no considerarlas entidades bancarias―, pero lo cierto es que van a tener que acabar legislando, más leyes en un país en el que sobran leyes.

La segunda era que, si realmente se quería ayudar a los ciudadanos, los casos en los que se estaba exento de pago o existían reducciones, según las comunidades autónomas, como eran las situaciones de compra de viviendas de protección oficial (VPO) ―en su primera adquisición― o para las personas con minusvalías o para menores de 30 años, de repente, han desaparecido. Al final las CCAA, eliminando esas exenciones, lo que consiguen es aumentar su recaudación. Un mecanismo para seguir cobrando más.

La tercera era que, en lugar de hacer desaparecer un impuesto bastante injusto y que en los países de nuestro entorno no existe o es testimonial, en nuestro país se perpetua por la vía demagógica de que van a dejar de pagarlo los que hagan una hipoteca, porque lo pagarán los bancos, como si no tuviésemos claro que, de un modo indirecto ―no nos engañemos― lo acabaremos pagando nosotros.

Al final estalló:

― Los impuestos deben existir, pero también debemos preguntarnos si son justos y si no existen procedimientos para optimizarlos o reducirlos.

Cuando pensaba que se había calmado y había acabado con su lista, continuó con sus argumentos. Agregó:

― Mentir no es el procedimiento. En la gestión y el gobierno, tanto que se habla de la transparencia; como tengo dicho, se necesita el «espíritu de la veracidad»

Además, en todo proceso nos ha quedado un mal sabor de boca.

Cuando se deteriora la credibilidad de nuestra configuración político-administrativa, cuando se cuestionan ciertas instituciones ―incluido el sistema que nos ha permitido una de las épocas más prósperas y la normalización de este país a nivel internacional―, cuando tenemos más necesidad de que el estado de derecho funcione y una institución, como es la justicia, sea un garante, resulta que los jueces se ponen «estupendos» y deciden legislar con la misma frivolidad que si estuviesen jugando en las redes sociales y pusiesen un «me gusta».

Todo ello permite que no nos escandalice que se legisle con precipitación, con claros tintes de propaganda, con mucha demagogia y posiblemente algo de testosterona; pero gobernar no puede ser un mero ejercicio de poder y de saber que se tienen los Boletines Oficiales para hacer campaña electoral.

Mi amigo añadió:

― ¡Qué habilidad para transmitir mensajes desde los telediarios! ¡Que importan los hechos, si lo que importan son los mensajes y las apariencias!

Reconocí que había mucha habilidad para sacar ventaja y convertir en éxito aquello que, en cualquier otro país de nuestro entorno, hubiese sido un motivo para castigar a esos gobernantes y desatado un descontento y animadversión general.

Eran muchos los argumentos, mucha la indignación de mi viejo marino, le acerqué la taza del café para darle un respiro y que pudiese relajarse y con ello cesase por unos instantes de sus cuitas.

Fue inútil y me añadió:

― ¡Todo suena a más cuentos chinos, a oportunismo y a desviarnos de las verdaderas intenciones!

Nos miramos, nos sonreímos y convenimos que nosotros, desde nuestra aldea, seguro que no alcanzamos a entender todas esas cosas tan sesudas e importantes.

Seguiremos mirando el mar, veremos como la lluvia empapa la arena de la playa y no contagiarnos de la morriña de un día lluvioso y gris.

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