CLAVES

¿'Minoría nacional'? ¡Mayoría social!

Jaume Reixarch | Viernes 20 de noviembre de 2020
Después del mantra del “derecho a decidir”, que culminó con el referéndum del 1-O y el simulacro de la DUI, con las dolorosas consecuencias que el “proceso” ha tenido para los líderes independentistas, ahora se nos quiere hacer comulgar con un nuevo concepto: los catalanes somos una “minoría nacional” y, por consiguiente, tenemos derecho a ser reconocidos y protegidos por la Unión Europea y las Naciones Unidas.

Una vez más, se nos pretende engañar con un hábil juego de palabras, como ya pasó con el “derecho a decidir”, que muchos se lo tragaron. Esta supuesta “minoría nacional” son, en todo caso, los aproximadamente dos millones de personas que votan en las elecciones opciones autoproclamadas independentistas.

Pero en Cataluña vivimos 7,5 millones de personas, de muchas procedencias y con muchos acentos, cada una de ellas perfectamente respetable, piense como piense, y digna de consideración, siempre que no reviente las normas de convivencia colectiva. Por principio democrático, los 7,5 millones de catalanes somos iguales, con los mismos derechos y los mismos deberes.

Si Cataluña es una “minoría nacional”, ¿también lo son Asturias, Aragón o Andalucía? Y los asturianos, los aragoneses o los andaluces que viven aquí, ¿son una “mini-minoría nacional” incrustada en nuestra “minoría nacional”?

Si las tribus indígenas de los Estados Unidos, que están confinadas en reservas, son la “minoría nacional” por antonomasia, entonces, ¿solo las personas con todas las raíces genéticas clavadas, desde hace generaciones, en esta tierra tenemos el derecho de ser catalanes? ¿Un independentista que se llame Josep Rodríguez es, en realidad, un agente infiltrado del CNI o un colono disfrazado para espiar y sembrar cizaña entre los verdaderos catalanes-catalanes?

Yo, como catalán de pura cepa y por los cuatro costados, me niego en redondo a formar parte de una “minoría nacional”. No quiero ir por la vida como una víctima aplastada por el peso de la historia, ni sentirme permanentemente enfurruñado e impotente por la derrota de los austriacistas en 1714, ni ser alguien que necesita una protección especial por el solo hecho de haber nacido en un lugar llamado Cataluña.

No me gusta ser miembro de una “minoría nacional”. Yo quiero ser -y soy- una persona que forma parte de la comunidad humana y de la mayoría apabullante que constituimos quienes, en este planeta, aspiramos a vivir dignamente y en paz con los demás, ayudando y siendo ayudados.

Ser catalán no quiere decir hablar siempre y solo en catalán. Convertir la lengua en un signo de identidad nacional es, en el Mundo globalizado e interconectado del siglo XXI, un insulto a la inteligencia. ¿Solo son peruanos quienes hablan quechua o aimara? ¿Quienes hablan español en los Estados Unidos no son norteamericanos? Las lenguas sirven para entendernos y llegará el día que toda la humanidad tendrá un idioma común, del mismo modo que empleará una misma moneda para los intercambios comerciales.

Catalán, sí. Es un patrimonio precioso que tenemos que cuidar y preservar para transmitir a las generaciones futuras. Pero también español (600 millones de hablantes), inglés (1.500 millones), chino mandarín (1.100 millones) o árabe (300 millones). Las lenguas de raíz latina (español, portugués, francés, italiano, catalán, rumano…), con las cuales es fácil practicar la intercomprensión, suman más de 1.000 millones de hablantes.

La historia milenaria de Cataluña no puede acabar reducida a ser una “minoría nacional” que habla en catalán. Cataluña es mucho, muchísimo más que los independentistas y mucho más grande y mucho más potente si no nos empecinamos en poner fronteras y levantar banderas y muros lingüísticos y esencialistas en un Mundo que quiere romper por siempre jamás con los errores/horrores del pasado.

De esto van las elecciones de este próximo 14-F. De confrontar democráticamente quienes tienen una visión cerrada y excluyente de Cataluña con quienes queremos un país abierto a la rosa de los vientos, donde la prioridad sea la mejora de la vida de la gente que vivimos aquí, sin mafias ni corrupción.

De hecho, este es el sentido que tienen, desde 1980, todas las elecciones que se han celebrado en el Parlamento de Cataluña. Hasta ahora, el resultado es que los protoindependentistas y los independentistas han ocupado la presidencia de la Generalitat durante 33 de los 40 años de autogobierno. Las consecuencias son las que vemos y tenemos: la ruina, la división y la desertificación de Cataluña.

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