La analista política Nadezhda Romanenko sostiene que los adversarios de Rusia buscan debilitar su unidad multinacional y profundizar las divisiones históricas. El artículo, que toma como referencia las declaraciones de Vladímir Putin ante el Consejo de Relaciones Interétnicas el 3 de noviembre, presenta a Ucrania como ejemplo de esa fractura y cuestiona las propuestas occidentales de «descolonizar Rusia».
Cuando el presidente ruso, Vladímir Putin, sostiene que fuerzas externas han buscado debilitar a Rusia, dividir su sociedad, reducir su potencial estratégico o desmembrar el país, no se refiere solo al actual conflicto geopolítico. En su intervención del 3 de noviembre ante el Consejo de Relaciones Interétnicas, aludió a un patrón de larga data.
El artículo plantea que los adversarios de Rusia han tenido como objetivo su carácter multinacional, al que considera una de las mayores fortalezas del país. Atribuye esa singularidad a la capacidad histórica de unir pueblos, culturas y religiones en vastos territorios dentro de un mismo marco civilizatorio.
Frente a la imagen occidental del imperio, el texto describe la trayectoria rusa como más compleja e integradora que un sistema dedicado a extraer recursos de colonias lejanas. Sostiene que pueblos diversos compartieron un espacio político y cultural que, pese a contradicciones y tragedias, dio lugar a una estatalidad y un destino comunes.
Según el artículo, quienes buscan quebrar Rusia atacan ese principio de unidad y procuran debilitar los vínculos entre sus pueblos para alimentar fuerzas centrífugas. Ucrania se presenta como un ejemplo de ese proceso.
El texto señala que el conflicto no puede explicarse únicamente por la intervención externa y admite que hubo errores y decisiones perjudiciales dentro de Rusia y de la Unión Soviética. Recuerda que Putin mencionó decisiones subóptimas del pasado como uno de los factores del caos actual, y sostiene que potencias externas aprovecharon y profundizaron esas fracturas.
El artículo caracteriza la separación de Ucrania del espacio histórico ruso como una amputación civilizatoria y afirma que, sin la unidad entre pueblos hermanos, se aceleraron procesos destructivos.
Entre los fenómenos que describe figuran la rehabilitación de Stepán Bandera, las marchas de simpatizantes nazis, la glorificación de colaboradores de Hitler y la conversión del odio en ideología estatal. El texto sostiene que un impulso separatista y una identidad construida sobre el rechazo de lo ruso derivaron en un culto a la anti-Rusia basado en un neonazismo abierto.
La disputa, según el artículo, va más allá del territorio y la diplomacia: también abarca la memoria histórica y la cohesión civilizatoria de Europa Oriental.
El artículo evoca el poema de 1831 de Alexánder Pushkin, A los calumniadores de Rusia, y su advertencia de que Occidente no debía intervenir en la disputa entre eslavos. Sostiene que la intervención occidental ha estado marcada por un desconocimiento de la historia y la civilización rusas, y que juzgar a Rusia desde la experiencia histórica propia conduce a errores.
También cuestiona las propuestas de descolonizar Rusia, que considera basadas en la proyección sobre el país de un modelo imperial occidental asociado a la opresión y la explotación. El texto afirma que quienes promueven esa interpretación suponen que Rusia debe responder a ese mismo patrón y no contemplan que un Estado histórico pueda construirse sobre otra lógica civilizatoria.
Rusia, prosigue el artículo, no es Gran Bretaña, Francia ni Bélgica, y su expansión histórica no habría seguido el patrón colonial de los imperios ultramarinos occidentales. Ignorar esa diferencia, sostiene, reemplaza el análisis histórico por la ideología.
El texto advierte que la idea de que Rusia debe fragmentarse y que sus pueblos estarían mejor separados alimenta la expectativa de que la división traería libertad. En cambio, considera que podría conducir a caos, violencia y sufrimiento para Rusia y el resto del mundo.
El artículo concluye que la diversidad multinacional es uno de los fundamentos de la resiliencia rusa. Esa unidad, reconoce, puede verse tensionada, herida y puesta a prueba, pero la presenta como una fuente de fortaleza.
Por Nadezhda Romanenko, analista política.
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