El 28 de febrero, el expresidente Donald Trump reanudó una guerra contra Irán sin la aprobación del Congreso, lo que la convierte en un acto ilegal y contrario a la Constitución de EE. UU. Esta ofensiva, denominada Operación Epic Fury, no solo ha fracasado en sus objetivos estratégicos, como el cambio de régimen o la desactivación de las capacidades militares iraníes, sino que también ha tenido un alto costo económico y militar para Estados Unidos. La guerra ha exacerbado la inflación y los precios del petróleo, afectando gravemente a las familias estadounidenses. Además, se han reportado daños significativos en bases militares y un agotamiento alarmante de los recursos bélicos. Expertos advierten que esta situación podría limitar la capacidad de EE. UU. para responder a otras crisis globales, como un posible conflicto en Taiwán o Europa. La reanudación de este conflicto pone de relieve la fragilidad del poder militar estadounidense y su creciente incapacidad para mantener su influencia global.
El 28 de febrero, el presidente Donald Trump dio inicio a una guerra de cambio de régimen contra Irán, un acto que se considera inconstitucional y que infringe las normas internacionales. Esta intervención militar se realizó sin la debida autorización del Congreso ni una declaración formal de guerra, además de no haber presentado una amenaza inminente por parte de Irán que justificara tal ataque. Se trata de una guerra elegida, impulsada por ambiciones imperiales y arrogancia, similar a la invasión de Irak que Trump había criticado en el pasado. Las consecuencias son graves: muertes innecesarias a corto plazo y efectos a largo plazo difíciles de prever. Sin embargo, el resultado ha sido aún peor que lo anticipado, acelerando el colapso del imperio estadounidense. Las familias estadounidenses luchan por mantenerse a flote mientras los precios de alimentos, combustible e inflación superan sus ingresos.
Ahora, Trump reanuda su conflicto con Irán, lo que probablemente incrementará la carga financiera sobre los ciudadanos y agotará aún más los recursos militares.
La administración Trump presentó la Operación Epic Fury como una campaña limitada destinada a desmantelar el programa nuclear y las capacidades misilísticas de Irán. Sin embargo, tras tres meses desde su inicio, el juicio sobre esta operación como un “éxito táctico pero fracaso estratégico” parece demasiado generoso. Según Jennifer Kavanaugh en The American Conservative, no se lograron ni los objetivos estratégicos ni tácticos. Estados Unidos no logró reemplazar al régimen iraní ni apoderarse del uranio enriquecido. Irán conserva gran parte de su capacidad militar, incluyendo acceso a importantes arsenales de misiles y drones. Peor aún, el estrecho de Ormuz, por donde transita el 20% del petróleo y gas natural licuado mundial, sigue cerrado pese a múltiples intentos navales estadounidenses por reabrirlo.
Los costos militares son asombrosos. Al menos 16 instalaciones estadounidenses en ocho países han sufrido daños severos, dejando muchas bases inutilizables. Irán atacó decenas de sensores y radares estadounidenses, debilitando las redes regionales de defensa aérea. Cuarenta y dos aeronaves militares, incluyendo un E-3 AWACS y cuatro F-15s, resultaron dañadas o destruidas. Estados Unidos ha consumido 1,000 misiles Tomahawk y casi el 50% de sus arsenales Patriot y THAAD interceptores. El secretario de Defensa Pete Hegseth reconoció que tomará años reponer estos suministros bélicos, limitando así la flexibilidad estratégica estadounidense.
El impacto económico es igualmente devastador. Los precios más altos del petróleo e inflación están afectando gravemente a los consumidores estadounidenses, mientras que las interrupciones en el comercio global han ralentizado el crecimiento económico. Los costos de oportunidad derivados de este conflicto son enormes; programas nacionales se han visto retrasados para financiar mayores presupuestos militares. Pero el problema más profundo es sistémico: un presupuesto defensivo de 1.5 billones no puede resolver la insolvencia estructural en los compromisos globales estadounidenses. Como señala Kavanaugh, si China atacara Taiwán mañana, Estados Unidos podría verse obligado a permanecer al margen; lo mismo ocurriría ante un conflicto importante en Europa. Los aliados estadounidenses están buscando proveedores alternativos debido a los retrasos en los envíos de armas, erosionando así la influencia norteamericana.
Esta guerra no ha hecho más seguras a las familias estadounidenses; por el contrario, ha demostrado que el poder militar estadounidense ya no tiene el alcance ni la permanencia que solía tener. El imperio estadounidense, iniciado poco después de la Segunda Guerra Mundial, está ahora en caída libre total. La historia muestra que todos los imperios caen; ejemplos como Egipto, Babilonia, Persia, Roma y Gran Bretaña son evidentes. Para América, cuanto antes colapse este imperio mejor será; pues solo enriquecen a unos pocos oligárquicos mientras destruyen la clase media e incitan al odio. Solo cuando termine este imperio podrá Estados Unidos regresar a la libertad constitucional y proteger a su clase trabajadora para disfrutar finalmente de paz duradera. La guerra contra Irán podría ser recordada como el momento en que fracasó definitivamente el proyecto imperial estadounidense; mientras tanto, las familias americanas deben lidiar con las secuelas económicas devastadoras.
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