La política española tiene una memoria corta, pero la historia suele tener una paciencia infinita. Hace años, el PSOE construyó buena parte de su autoridad moral sobre una idea muy sencilla: el Partido Popular debía abandonar el poder porque estaba cercado por la corrupción, porque la sombra de los papeles de Bárcenas era insoportable y porque aquellas siglas, aquel famoso “M. R”, se habían convertido en símbolo de una época podrida.