OPINIÓN

Traiciones y mentiras en el combate final por la presidencia

Raúl heras | Martes 10 de julio de 2018
La traición y la mentira son dos de los elementos básicos de la política, sobre todo cuando se trata de combatir entre compañeros. Si las hemos visto a lo largo y ancho de nuestra historia patria cómo no las íbamos a encontrar en este penúltimo acto de la larga y dramática guerra de sucesiones del Partido Popular.

La traición y su inseparable compañera empiezan con los ideales y terminan con los sillones, unos y otros bien encolados con el poder y el dinero. A menos de quince días para que tres mil compromisarios elijan a su nuevo líder se comprueba muy fácilmente que los dos finalistas están más que dispuestos a olvidar la parte más importante de su pasado con tal de vencer.

La vencedora a los puntos de la primera vuelta ya quiere cambiar las reglas y que el partido la reconozca como presidenta. Es como si en el Mundial de futbol, uno de los dos equipos que llegan con empate al final de los noventa minutos no quisiera jugar la prórroga y pidiera ser el vencedor por haber tirado más veces a puerta. Soraya Sáenz de Santamaría, con seis años de vicepresidenta del gobierno y tres de portavoz del primer partido en la oposición antes de conquistar el poder siempre bajo la sombra alargada de Mariano Rajoy, se ha olvidado de su mentor con enorme rapidez. Cree que el expresidente puede ser un lastre para sus ambiciones y apenas le nombra. Otra cosa muy distinta es que no acepte las ayudas que desde Ribadeo o Santa Pola pueda ofrecerle.

Abogada del estado y excelente parlamentaria, dura y pegajosa en cada intervención en el Hemiciclo - que se lo pregunten a su antecesora en el cargo, María Teresa Fernández de la Vega, a la que amargaba cada sesión de control - Soraya parecía lejos del partido y sin respaldo en su interior. Si así fue durante seis años, en el momento decisivo ha logrado que el hombre que más sabe de las interioridades del PP esté a su lado. Y con Javier Arenas una ilustre lista de nombres del aparato y del anterior Ejecutivo que han logrado ese primer triunfo.

La fuerza de choque de la exvicepresidenta merece mucho respeto. Sabe con las bazas que cuenta y en estos días las va a explotar con sabiduría, con malicia, con avaricia y con generosidad. Dependerá de cada compromisario y de cada líder regional lo que reciba como oferta. Ya no les queda margen de maniobra a ninguno de los dos finalistas, el que pierda se va a casa o a la empresa privada, que es lo que van a hacer la mayoría de los expulsados del gobierno y los vencidos en las Primarias.

En este tiempo de desmemoria política y personal, Pablo Casado aparece como un joven cachorro de la modernidad que parece necesitar su partido, y la mejor forma que tiene el centro derecha para afrontar esa renovación que proclama con insistencia José María Aznar, otro expresidente temeroso, que prefiere que le interpreten sus palabras y sus silencios en lugar de trasladar a los suyos, a las claras, lo que piensa de cada uno de los púgiles que se van a subir al ring.

No tiene Pablo, ni de lejos, el pasado de su adversaria, ni para lo bueno, ni para lo malo. Ni siquiera en sus estudios: un licenciado en Derecho, con masters en cuestión frente a toda una abogada del estado y su larga lista de compañeros bien situados en puestos claves de la vida pública, financiera y empresarial.

El ex vicesecratario y ex portavoz de los populares necesita de los perdedores para ganar. Con sus propias fuerzas no le bastan y es posible que ni siquiera lo consiga con la ayuda de aquellos dispuestos a entregarle sus votos en el Congreso con tal de que no triunfe su oponente. Esta es una pelea de noes frente a sies, es una pelea de miedos y de ambiciones. De odios y venganzas que nacieron de relaciones muy personales y de clase.

Durante la campaña de las primarias se mintió y mucho. En torno a la derrotada Dolores Cospedal se tejió una fina pero durísima tela de araña en la que acabó prisionera y sin saber muy bien cual era su papel y cuales eran sus bazas. Se equivocó en los mensajes que trasladó a los militantes inscritos, presa del engaño tanto como de la competición que estableció con Pablo Casado. Los dos se copiaron la estrategia, peleando por el futuro del partido y dejando que Santamaría ofreciese la victoria futura en lugar del dolor y las lágrimas por lo perdido.

Gane quien gane el día 21 tendrá que mirar a su alrededor y comprobar que el escenario que le rodea está lleno de cadáveres políticos sin sepultar, y de mercenarios del voto que esperan su recompensa. Y dos detalles para cerrar: uno, el candidato se hace acompañar en sus actos por su mujer, joven y rubia, dentro del mismo estilo que están imponiendo Pedro Sánchez y Albert Rivera, también con parejas jóvenes y rubias. Muy a la americana. Les falta el perro y la escalera de La Moncloa; otro, la candidata tiene a su marido en las sombras, al amparo de la multinacional para la que trabaja desde hace años. Discreto y muy en su papel de abogado del estado experto en derecho internacional. Muy a la alemana.

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