OPINIÓN

Economía del conocimiento

Alejandro A. Tagliavini | Miércoles 21 de febrero de 2018
Al contrario de lo que cree el estatismo, el mercantilismo -el materialismo, en definitiva- la riqueza de un país no viene dada por sus recursos naturales ni su producción en bienes materiales. Ya decía Frank Tipler que "lo que el sistema económico produce no son cosas materiales, sino conocimiento inmaterial". Aunque Japón lo deja claro con su riqueza en un territorio pequeño y de naturaleza poco favorecida, el auge de la economía del conocimiento lo corrobora.

La economía basada en conocimiento (EBC) -o industria del conocimiento, en inglés: Knowledge Economy-, utiliza el conocimiento para generar valor y riqueza por medio de su transformación a información. Abarca rubros como la educación, investigación y desarrollo, alta tecnología, informática, telecomunicaciones, robótica, nanotecnología e industria aeroespacial. Desde finales del siglo XX, la inversión en capital intangible ha crecido en mayor medida que el capital tangible.

La información son datos procesados, tarea que puede realizar cualquier computadora o robot, pero el conocimiento significa formas, métodos y modos de abordar y resolver problemas; significa entre otras muchas cosas, "know-how", "know who" o herramientas o medios de producción para producir, a su vez, o más conocimiento o productos y servicios con un valor añadido, útil y cuantificable. Es decir, que el conocimiento es creatividad en tiempo real, y de aquí surgen dos características fundamentales.

Primero, al ser creatividad en tiempo real, solo las personas pueden realizarla ya que las computadoras o robots están, precisamente, diseñadas para ser fieles trasmisores de información fidedigna, es decir, que una máquina que fuera “creativa” -que no trasmitiera información ya corroborada- estaría fallando. Segundo, de aquí se desprende lo contraproducente que resultan las leyes y regulaciones estatales ya que limitan o impiden que las personas busquen creativamente en tiempo real las soluciones a todos los problemas.

Ciertamente el conocimiento crece a un ritmo que se auto acelera al punto que hoy es imposible estar al tanto de los avances científicos que se producen diariamente. Sin embargo, debido a su fuerte estatismo, según un reciente estudio, el 98% del valor de las exportaciones de Venezuela proviene de materias primas, el 86% en Ecuador, el 75% en Colombia, el 72% en Bolivia, el 71% en la Argentina y Perú, el 61% en Chile y el 56% en Brasil.

A nivel global este mercado, que lidera EE.UU., moviliza exportaciones por US$ 900.000 millones anuales. Tomemos, por caso, Argentina que, según la OMC, ocupa el puesto 24 a nivel mundial en exportaciones de servicios basados en conocimiento (SBC): investigación y desarrollo, propiedad intelectual, servicios culturales, profesionales, técnicos, de computación, gestión y consultoría.

Durante el primer semestre de 2017 este sector -que en el país emplea a 1,4 millones de personas, casi 10% de su fuerza laboral-, sumó exportaciones por US$2.975 millones, 27% más que el periodo anterior, e importaciones por US$2.393 millones. Y es el sector de software el que experimenta el mayor dinamismo en creación de empleo, aunque las tres cuartas partes del mercado laboral privado formal de SBC corresponde a las actividades de I+D y servicios empresariales, profesionales y técnicos. En tanto que la remuneración anual promedio, a junio de 2017, se ubicaba en US$18.900, 4,9% por encima del salario medio.


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