El Algarrobico no es solamente la historia de un hotel abandonado frente al mar. Es la historia de una traición de las administraciones a sus propios actos. Es la historia de un proyecto impulsado, aprobado y autorizado durante años por los mismos organismos públicos que después fingieron escandalizarse ante su existencia. Y es, sobre todo, la historia de cómo una ministra, Cristina Narbona, decidió convertir una inversión turística de Carboneras en el gran trofeo propagandístico de su política medioambiental.