La crisis de incendios forestales en el oeste de Estados Unidos se ha intensificado debido a la errónea gestión gubernamental que ha ignorado durante 10,000 años las prácticas de manejo del fuego de las comunidades indígenas. A pesar de que se atribuye el aumento de incendios a factores como el cambio climático y la sobrepoblación, investigaciones demuestran que los bosques densos y propensos a incendios son resultado de políticas que eliminaron el uso controlado del fuego por parte de los nativos. La reducción drástica de la población indígena tras la llegada europea interrumpió un equilibrio ecológico mantenido por prácticas de quema intencionada. Para restaurar la salud forestal, es esencial reducir la carga de combustible antes de reintroducir el fuego en un marco basado en la ciencia y las tradiciones indígenas.
El oeste de Estados Unidos enfrenta una crisis de incendios forestales sin precedentes, y los responsables de la gestión de tierras federales atribuyen esta situación a factores como el cambio climático, la sequía, la sobrepoblación y la mala suerte. Sin embargo, esta narrativa es solo una parte del relato. Un creciente conjunto de evidencia arqueológica, ecológica e histórica sugiere que los densos bosques actuales, cargados de combustible y que alimentan incendios catastróficos, son el resultado de una política decidida hace 150 años para erradicar la gestión indígena del fuego, una práctica que moldeó los paisajes norteamericanos durante al menos 10,000 años. Los bosques que los primeros exploradores europeos admiraban como «naturaleza prístina» eran en realidad paisajes culturales cuidadosamente mantenidos, abiertos y resilientes gracias a quemas controladas.
Cuando las enfermedades y la remoción forzada diezmaron a las poblaciones encargadas de este trabajo meticuloso, la tierra comenzó a acumularse en combustible, dando lugar a un desastre en cámara lenta que las políticas federales de supresión de incendios han agravado significativamente.
A lo largo de más de un siglo, la política conservacionista estadounidense ha estado fundamentada en la idea de que los bosques encontrados por los europeos eran antiguos y se regulaban por sí mismos, inalterados por manos humanas. Esta imagen reconfortante no resiste el contacto con la evidencia. Registros paleoecológicos, redes de cicatrices por fuego en anillos de árboles y los diarios de los primeros exploradores apuntan en la misma dirección: Norteamérica era un continente habitado activamente por numerosas tribus que gestionaban sus ecosistemas mediante el uso del fuego para controlar su entorno.
En 1792, la expedición de George Vancouver al Puget Sound describió el área Penn Cove en Whidbey Island como similar a «un parque bien cuidado», con praderas espaciosas y grupos de robles que, según sus palabras, solo necesitaban «la asistencia del arte» para rivalizar con los terrenos cultivados europeos. No comprendió que estaba observando una obra artística ya completada; simplemente se había ejecutado con fuego en lugar de pala o retroexcavadora.
David Douglas, el botánico que exploró el valle Willamette en 1825, documentó escenas similares con vastas extensiones «quemadas y desprovistas de hierba», donde guías nativos explicaban que las quemas se realizaban deliberadamente para atraer ciervos hacia parches no quemados donde podían ser cazados más fácilmente. Samuel Hancock, quien recorrió el mismo valle dos décadas después, notó robles con copas inusualmente bajas y arbustivas, moldeadas por repetidos fuegos controlados hasta parecer huertos cuidados en lugar de bosques salvajes.
El colapso del manejo indígena no fue gradual. Las epidemias introducidas tras el contacto europeo redujeron las poblaciones indígenas entre un 90% y un 95% en muchas regiones. En cuestión de una generación, praderas descuidadas comenzaron a llenarse con árboles; sabanas abiertas se espesoron con abetos y arces mientras acumulaban combustible subterráneo previamente despejado anualmente.
A esto se sumaron políticas federales que agravaron aún más el daño. La política «10 a.m.» estableció que cada incendio debía extinguirse antes del mediodía siguiente al ser detectado; trataba al fuego como enemigo en lugar de reconocerlo como una herramienta vital para mantener estos ecosistemas equilibrados. El resultado es un paisaje ahora cargado con mucho más combustible del que puede quemar mediante fuegos controlados bajos.
Restablecer ese equilibrio no será sencillo. Reintroducir el fuego con frecuencia histórica sin antes reducir las cargas combustibles podría provocar precisamente los incendios catastróficos que se intentan prevenir. Investigadores argumentan que el camino hacia adelante requiere un marco administrativo basado en la ciencia desarrollado colaborativamente y protegido contra el estancamiento legal que ha paralizado durante décadas las políticas forestales federales. Este nuevo enfoque debe basarse directamente en las técnicas perfeccionadas por las naciones indígenas durante milenios. Es necesario reducir el combustible antes de poder reintroducir el fuego correctamente. Hasta entonces, cada temporada récord de incendios es menos una sorpresa y más una consecuencia predecible de un continente que olvidó cómo cuidarse adecuadamente. Las comunidades deben trabajar juntas utilizando quemas controladas para restablecer ese equilibrio y evitar convertir nuestros hogares e instalaciones en potenciales objetivos listos para ser consumidos por futuros incendios forestales devastadores. La responsabilidad sobre la gestión del territorio recae sobre nosotros como sociedad.
Fuentes incluyen:
| Cifra | Descripción |
|---|---|
| 10,000 años | Tiempo durante el cual las prácticas de manejo del fuego por parte de los indígenas han dado forma a los paisajes de América del Norte. |
| 90-95% | Reducción de las poblaciones nativas debido a enfermedades epidémicas después de 1800. |
| 5 a 25 años | Frecuencia con la que los bosques occidentales solían quemarse debido a igniciones tanto naturales como intencionales por parte de los indígenas. |
| 10-20% | Densidad actual estimada de los bosques en muchas regiones occidentales en comparación con niveles históricos. |