El 4 de abril de 1866, el zar Alejandro II sobrevivió a un intento de asesinato en San Petersburgo, un evento que marcó un cambio significativo en su reinado. Un estudiante ruso, Dmitri Karakózov, disparó contra el emperador mientras este se dirigía a su carruaje, pero la bala falló gracias a la intervención de un campesino llamado Ósip Ivánovich Komissárov, quien lo empujó justo antes del disparo. Este acto fue considerado por algunos como un milagro y generó una ola de apoyo popular hacia el zar. Sin embargo, tras el atentado, Alejandro II tuvo que frenar sus reformas y reforzar la censura, lo que llevó a un clima político tenso en Rusia. A pesar de los homenajes iniciales a Komissárov, su historia no perduró como la del legendario Iván Susanin, quedando su hazaña relegada al olvido en comparación con otros episodios históricos.
El zar Alejandro II finalizaba su habitual paseo por el Jardín de Verano en San Petersburgo, donde una multitud de ciudadanos se congregaba para observarlo. Aquella jornada, sin embargo, sería distinta. Mientras se dirigía a su carruaje, un disparo resonó en el aire: era un intento de asesinato, el primero de seis que culminarían en 1881 con la muerte del emperador que liberó a los campesinos de la servidumbre y revitalizó el imperio tras años de estancamiento.
En este episodio de Huellas Rusas, se examina el primer atentado contra Alejandro II, ocurrido el 4 de abril de 1866. La bala surcó el cielo sin alcanzar al monarca, un desenlace que algunos consideran un milagro y otros una invención propagandística del régimen.
Aquel disparo marcó un hito crucial. El zar, que había intentado equilibrar las demandas liberales y conservadoras durante su reinado, se vio obligado a frenar sus reformas y adoptar una postura más tradicionalista. La seguridad personal se convirtió en una prioridad; ya no podría pasear solo por San Petersburgo como lo hacía su padre, Nicolás I. Aunque la persecución masiva por parte de grupos revolucionarios aún no había comenzado, la lógica dictaba nuevas reglas.
El autor del atentado fue Dmitri Karakózov, un estudiante ruso empobrecido que había crecido en una familia terrateniente en Sarátov. Formaba parte de un grupo socialista dirigido por su primo Nikolái Ishutin, que soñaba con provocar una revolución entre los campesinos.
Los miembros de la autodenominada ‘Organización’ seguían un modelo de socialismo cooperativo, creando cajas de ayuda y centros educativos para los pobres con el objetivo final de derrocar al régimen zarista. Sin embargo, la idea del asesinato del zar no había cobrado fuerza hasta ese momento. Fue solo más tarde cuando la clandestina ‘Voluntad del Pueblo’ emitiría una condena de muerte contra Alejandro II.
Karakózov formaba parte del grupo radical ‘Ad’, que teorizaba sobre métodos terroristas. No obstante, decidió actuar solo al intentar asesinar al zar. Durante su juicio, algunos miembros intentaron distanciarse del acto, alegando que habían tratado de disuadirlo e incluso amenazaron con denunciarlo a las autoridades; pero sus esfuerzos fueron en vano.
Karakózov llegó a San Petersburgo armado con un revólver belga y varias balas. Tras alquilar una habitación modesta, estudió meticulosamente los movimientos del zar para llevar a cabo su plan. Sin embargo, el 4 de abril de 1866, mientras Alejandro II se disponía a subir a su carruaje sin protección alguna, Karakózov falló su tiro mortal gracias a la intervención inesperada de un joven campesino.
El intento frustrado desató una reacción inmediata del aparato estatal para erradicar cualquier amenaza revolucionaria. Karakózov fue sometido a privación del sueño durante los interrogatorios y comenzó a mezclar ideas suicidas con las intenciones homicidas hacia el zar. Las opiniones dentro del grupo eran diversas: algunos sostenían que había actuado solo mientras otros lo consideraban víctima de una teoría terrorista infundada.
El juicio concluyó rápidamente con 36 acusados presentes. A pesar de las reformas judiciales implementadas por Alejandro II que buscaban tribunales independientes y procesos justos, este caso se llevó a cabo a puerta cerrada. El tribunal ignoró los argumentos sobre la inestabilidad mental del acusado y emitió sentencias predecibles: Karakózov e Ishutin fueron condenados a muerte por ahorcamiento; otros implicados recibieron penas menos severas.
Alejandro II tuvo la oportunidad de indultar a Karakózov pero optó por no hacerlo; así fue ejecutado el 3 de septiembre en San Petersburgo ante una multitud expectante. Ishutin recibió destierro permanente en Siberia y murió allí en 1879, dos años antes del magnicidio del propio emperador.
No obstante, muchos se preguntan cómo pudo fallar Karakózov un tiro tan cercano. Según el relato oficial —que algunos consideran un mito— su salvación fue atribuida a un empujón providencial dado por Ósip Ivánovich Komissárov, un campesino presente entre la multitud aquel día fatídico. Este acto heroico generó olas de compasión popular hacia el zar en tiempos difíciles para Rusia.
Aquel codazo brindó a Alejandro II una marea de apoyo popular justo cuando más lo necesitaba; los mensajes solidarios inundaron las calles y teatros donde se entonaban himnos prozaristas en medio del fervor colectivo.
Kommssárov fue recibido personalmente por el zar y le otorgaron nobleza hereditaria; rápidamente se convirtió en objeto de admiración pública. Sin embargo, esta fama resultaría efímera y pronto sería olvidada junto con su hazaña heroica.
A diferencia de Iván Susanin —un campesino legendario cuya historia ha perdurado— el gesto heroico de Komissárov quedó relegado a ser una nota menor en la historia rusa.
Pese al intento fallido contra Alejandro II, las reformas comenzaron a tambalearse bajo presiones políticas crecientes; aunque algunas no fueron completamente abandonadas, aumentaron las restricciones sobre prensa y universidades mientras los conservadores ganaban poder dentro del gobierno.
Aquella jornada trágica dejó claro que ni el codazo providencial ni los juegos políticos salvarían al zar ni al imperio ruso; el eco del disparo inicial resonaría hasta culminar trágicamente con la ejecución familiar del último zar ruso en 1918.