Con el café humeando el viejo marino comenta:
—Me preocupa esta generación. No por falta de talento, que lo tienen, sino por la fragilidad que arrastran. Es preocupante que el suicidio esté entre las primeras causas de muerte de los jóvenes entre 15 y 29 años. La OMS lo sitúa como uno de los principales motivos de fallecimiento juvenil en la UE.
En España, en el 2025, un 21,2 % de la población ha ido a consulta médica por un problema de salud mental y la fundación ANAR (Ayuda a Niños y Adolescentes en Riesgo) alerta de miles de menores atendidos por ideación suicida.
Por ello, no estamos ante ninguna exageración ni una caricatura. El sufrimiento es real y las consultas por ansiedad y depresión se han disparado en atención primaria y los servicios de psiquiatría están tensionados. Sería una irresponsabilidad negar o atenuar estos hechos. Pero una cosa es reconocer un problema y otra muy distinta es como se interpretan sus causas sin análisis y autocrítica.
Hay una segunda señal de alarma que sí se obvia y no está en los consultorios, está en las estadísticas laborales. En España, del 2010-2025 se han duplicado las bajas laborales en general —en especial los lunes y viernes—, pero también con especial incidencia las vinculadas a trastornos mentales y ansiedad, las estadísticas indican que, desde 1990 han aumentado casi un 50 %.
No se puede inferir que todo es fraude, ni mucho menos; aunque si se apunta a un patrón y a un cambio en el clima social que merece análisis y reflexión. Porque hay un hecho generacional, se ha pasado de una cultura que asumía el esfuerzo como norma, a otra donde la incomodidad se interpreta como una disfunción grave.
La profesora añade:
—Estamos en una sociedad en la que la resiliencia y el esfuerzo han dejado de estar en el eje de la educación, hasta el punto de que, en ciertos sectores, se confunde malestar con enfermedad. Hay cuadros clínicos graves que requieren tratamientos especializados, pero no todas las decepciones, los cambios o las frustraciones, per se, sean una patología en sí mismas.
Nos guste o no, la vida incluye fracasos, esperas, limitaciones y límites. Si eliminamos estos elementos del aprendizaje, se debilita la capacidad de afrontarlas y, de ahí, seguramente, radica el núcleo del debate.
Durante décadas —con todos sus defectos— se transmitió una idea sencilla: el esfuerzo es el camino para avanzar, mejorar, progresar. Aquello que dice el refranero. «El que algo quiere, algo le cuesta».
Podría parecer una consigna cruel, pero no deja de ser una constatación antropológica, porque sin esfuerzo no hay avance, no hay superación, ni resiliencia.
Hoy el mensaje dominante es distinto. Se busca la gratificación inmediata, las expectativas elevadas y tolerancia mínima a la frustración. La pedagogía emocional ha ganado espacio —con sus aspectos positivos—, pero a menudo desplazando la cultura del esfuerzo.
Hemos construido un entorno donde la sobreprotección se presenta como una virtud y poner límites como una agresión. El éxito debe ser rápido y cualquier incomodidad como sospechosa, pero ese modelo genera adultos frágiles ante la adversidad cotidiana.
El viejo marino interviene:
—Si formamos en eludir el esfuerzo en lugar de afrontarlo, la consecuencia es que se reduzca la capacidad para soportar la presión. No se trata de volver a la dureza insensible de antaño, ni de trivializar o negar la problemática de la salud mental; pero si todo es trauma se diluye la responsabilidad social y personal.
En este contexto, la explosión de problemas de salud mental se debe analizar no solo en clave sanitaria, porque también es un indicador cultural.
Habría que responderse a preguntas como:
¿Qué relato transmitimos sobre el trabajo?
¿Qué expectativas generamos en los jóvenes?
¿Qué papel juega la responsabilidad familiar y personal?
En una sociedad que enfatiza el derecho sobre el deber, cualquier obstáculo se convierte en un agravio, pero el bienestar no está permanentemente garantizado, ni el fracaso tiene que ser una injusticia.
Nada de esto implica negar la necesidad de reforzar los servicios de salud mental, más bien, no trivializarlos y repensar si el modelo educativo que se ha implantado en las aulas y en muchos hogares es el más oportuno para los jóvenes.
La profesora resume:
—La resiliencia no se consigue por decreto, se entrena, para enfrentarse y superar límites razonables, asumiendo responsabilidades y aprendiendo a tolerar la frustración.
La importancia de que la familia esté presente, con ejemplos coherentes y exigencia proporcionada. No es dureza insensible o cruel, sino equilibrio. Comprensión, pero sin indulgencia permanente. Apoyo sin eliminar sistemáticamente el esfuerzo.
Una nación no se fortalece solo ampliando derechos formales, sino cultivando carácter y éste no nace del confort permanente, sino del aprendizaje para superar dificultades.
El viejo marino concluye:
—Sin costes no hay fortalezas y si hacemos una sociedad débil se debilitan instituciones y la sociedad. Aunque el debate político seguirá buscando culpables externos o soluciones fáciles.
Jorge Molina Sanz
Agitador neuronal
jorge@consultech.es