La COP30, inaugurada por el jefe climático de la ONU, Simon Stiell, estuvo marcada por advertencias apocalípticas sobre hambrunas y desastres climáticos. Sin embargo, datos históricos muestran que las hambrunas naturales han disminuido drásticamente y que la mayoría de la hambre actual se debe a conflictos. Organismos científicos como el IPCC no respaldan la idea de un aumento en eventos climáticos extremos. Además, el aumento del CO2 ha beneficiado la agricultura y el crecimiento de los ecosistemas. La agenda Net Zero podría amenazar la seguridad alimentaria al eliminar fuentes de fertilizantes esenciales. Esta narrativa alarmista parece estar más alineada con intereses políticos que con la realidad empírica. Para más información, visita el enlace.
El jefe de clima de la ONU, Simon Stiell, inauguró la conferencia COP30 con alarmantes advertencias sobre hambrunas, afirmaciones que son cuestionadas por datos a largo plazo. Según datos históricos, las hambrunas naturales han sido casi erradicadas, y el hambre actual se debe principalmente a conflictos y a ideologías políticas. Organismos científicos como el IPCC encuentran escasa evidencia de tendencias en aumento para sequías, ciclones y otros fenómenos meteorológicos extremos.
En la ciudad amazónica de Belém, donde se llevó a cabo la COP30, se utilizó una narrativa familiar de inminente catástrofe. Stiell advirtió que la inacción gubernamental podría resultar en megasequías, hambrunas y millones de refugiados climáticos. Sin embargo, esta retórica apocalíptica contrasta notablemente con décadas de datos globales que muestran una disminución dramática en la mortalidad por hambruna y un planeta que, en muchos aspectos, se está volviendo más verde y productivo agrícola.
El argumento central de Stiell—que el cambio climático está causando hambrunas generalizadas—se desmorona al ser analizado históricamente. En el último siglo, especialmente en los últimos 25 años, las hambrunas naturales causadas por factores ambientales han llegado a ser extremadamente raras. Los propios datos de la ONU indican que las condiciones contemporáneas de hambruna están limitadas a zonas de guerra activa. Las grandes hambrunas del siglo XX, como las decenas de millones de muertes durante el "Gran Salto Adelante" en China, no fueron consecuencia del clima sino de ideologías políticas desastrosas.
Este nuevo relato inquietantemente se asemeja a esas políticas fallidas al atacar los fertilizantes basados en hidrocarburos y la atmósfera enriquecida en CO2 que han sido fundamentales para alimentar a una población mundial creciente.
A pesar de las constantes afirmaciones sobre un aumento impulsado por el clima en fenómenos meteorológicos extremos, la evidencia científica es mucho menos concluyente de lo que sugiere la retórica presentada en la COP30. El Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) ha declarado repetidamente tener “baja confianza” en la aparición de tendencias relacionadas con la frecuencia de sequías y ha detectado cambios mínimos en las tendencias de ciclones, inundaciones e incendios forestales. Esta cautela científica es frecuentemente ignorada por activistas y funcionarios.
Investigaciones recientes, incluyendo trabajos del profesor Gianluca Alimonti, han reafirmado que no existen tendencias significativamente negativas para muchos impactos climáticos clave y han destacado cómo la humanidad ha logrado adaptarse exitosamente a los desafíos ambientales.
Un elemento crítico omitido del diálogo en la COP30 es el beneficio documentado del aumento del dióxido de carbono atmosférico. Estudios revisados por pares muestran que el Amazonas y otras biomas globales están “engullendo el gas vital”, lo que ha llevado a un crecimiento significativo de los árboles. Este efecto fertilizante del CO2 ha contribuido al verdor global, a la des-desertificación en áreas marginales como el Sahel subsahariano y a mayores rendimientos agrícolas.
Las plantas cultivadas en entornos enriquecidos con CO2 también utilizan agua más eficientemente, mejorando su resistencia ante períodos secos. Esta realidad presenta una contradicción fundamental frente a la visión alarmista de un planeta destinado a convertirse en estéril.
La búsqueda por alcanzar emisiones netas cero promovida en foros como la COP30 representa un moderno “Gran Salto Adelante” con consecuencias potencialmente catastróficas. Al intentar eliminar la economía basada en hidrocarburos que proporciona fertilizantes y energía moderna, esta agenda amenaza directamente los cimientos de la seguridad alimentaria global. Los elites políticos y mediáticos que respaldan esta transición suelen ignorar los datos científicos que contradicen su narrativa, optando por apelar emocionalmente al miedo.
La construcción misma del evento requirió talar aproximadamente 100,000 árboles del bosque tropical para acomodar a los asistentes, simbolizando así las hipocresías e inconsistencias “siniestras” presentes dentro del movimiento.
El colapso del diálogo productivo durante la COP30 bajo el peso de sus propias contradicciones revela una verdad más profunda. La crisis climática tal como es presentada por sus defensores más vocales depende de una histeria fabricada desconectada de los datos empíricos. Las advertencias sobre hambrunas provocadas por el clima no reflejan una realidad tangible sino que funcionan como herramientas políticas para justificar una reestructuración radical de la economía global y limitar libertades personales.
A medida que se acumula evidencia sobre un planeta más verde y productivo, queda claro: hay que abrazar un futuro basado en innovación y abundancia fundamentado en ciencia veraz o someterse a una fantasía distópica caracterizada por escasez y control para resolver un problema que no está desarrollándose como se predijo.
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