OPINIÓN

Bilderberg, ¿La nueva masonería?

Honorio FEITO | Viernes 12 de junio de 2015
Como ya anunción Mil21.es, a través de un extraordianrio trabajo de Pedro Canales, el Club de Bilderberg está celebrando, en el hotel austriaco de Telfs-Buchen, la reunión anual entre rigurosas medidas de seguridad y hermetismo, como suele ser habitual por el llamado en los medios de comunicación "gobierno del mundo en la sombra". Tiene muchas connotaciones este excluviso Club con las logias masónicas que, desde La Ilustración, crecieron en Europa y se desarrollaron a lo largo del siglo XIX, convirtiéndose en un vehículo subversivo y revolucionario, pero sobre todo, en un frente capaz de desviar el poder absoluto de los monarcas de aquel tiempo. Ciento cuarenta miembros, entre los que figuran los españoles Ana Patrica Botín, presidenta del Banco de Santander, y el periodista Juan Luis Cebrián, marcarán la agenda a seguir durante el próximo año como si de una ceremonia conjurada se tratara. No sabemos que los exclusivos miembros e invitados (este año, Pedro Sánchez, secretario general del PSOE), sean sometidos previamente a algún ritual, pero para muchos analistas y observadores, las reuniones anuales del Club tienen el sello de clandestinidad que hizo famosa a la obediencia de la escuadra y cartabón que marcó las directrices de la política liberal del Siglo XIX
Como han podido leer en Mil21.es, las instrucciones de este año tenían como objetivo marcar una ofensiva contra Vladimir Putin, el presidente ruso que no se aviene a permanecer disciplinado con el orden mundial que marcan los Estados Unidos y es que Rusia, bien como estado independiente, bien como estado principal de aquella potencia que fue la Unión Soviética, ha sido siempre objetivo de Bilderberg y la que inspiró la creación de este organismo de presión.

En el Siglo XIX, tras la derrota de Napoleón y la regeneración monárquica, que derivó de nuevo hacia las monarquías absolutistas, fue la masonería quien tomó la iniciativa de derrocar a aquellos regímenes para implantar el revolución liberal que, de entrada, reducía considerablemente el poder real para depositarlo en el parlamento. España, que tantas vece se ha dicho que estaba atrasada con respecto a las grandes potencias europeas, marcó los tiempos de la Europa del sur e inspiró algunos movimientos en la del norte, y la Constitución española de 1812 no sólo volvíó a ser la referencia constitucional de España sino también de Portugal, Nápoles, El Piamonte-Cerdeña y Rusia, inspirando también la revolución griega contra el poder del imperio otomano, en lo que al viejo continente se refiere.

La revolución protagonizada por el teniente coronel Rafael del Riego, en Las Cabezas de San Juan, el 1 de enero de 1820, que daría paso al llamado Trienio Liberal (1820-1823), sería el ejemplo a seguir, pero la inspiración de ese movimiento militar, imprescindible para llevar adelante los planes, serían fraguados en las logias y talleres. En España se hizo famoso el Soberano Capítulo al que pertenecían militares y civiles, famosos como los coroneles Argo Agüero, Lopez Baños, los hermanos Evaristo y Santos Fernández San Miguel, los civiles Antonio Alcalá Galiano, Juan Álvarez Mendizábal y el médico Aréjula, considerado entonces una eminencia. Al margen del protocolo y la parafernalia tan propia de la francmasonería, al margen de la utilización de nombres simbólicos para esconder la auténtica identidad, el objetivo era limitar el poder real y cambiar el mundo, el orden de las cosas.

La masonería de entonces utilizó como excusa los acuerdos adoptados en el famoso Congreso de Viena (1815), donde Metternich, por parte austríaca, y el zar Alejandro de Rusia restauraron las monarquías absolutas libres ya de la amenaza de Napoleón; la Europa de la restauración monárquica absolutista tendría, no obstante, que reunise de nuevo en Troppeau, en octubre de 1820, y en Laybach, entre mayo y enero de 1821, y definitivamente en Verona, en noviembre de 1822, para frenar los intentos masónicos de sustituir a los monarcas plenos por los liberales-parlamentarios, pero la orden que se identifica con los símbolos de la construcción, la escuadra y el cartabón, que celebra sus reuniones en talleres sumidos en el ocultismo, y esconde el rostro de sus maestros y aprendices, y se mantiene en la sombra no cejaría su empeño desde entonces.

El Congreso que ahora celebra el Club de Bilderberg, sobre el que apenas se han escrito dos libros, y cuyo hermetismo alimenta el morbo y la sospecha, lleva a las inevitables analogías con el convulso panorama que invadió el siglo XIX y gran parte del XX.

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