5 de agosto de 2021, 22:25:37
OPINIÓN

Un español en Alemania (98)


El exilio nos obliga a reintentar la vida

Por Jose Mateos Mariscal

No es fácil que alguien te cuente cuando pierde... solo te cuentan cuando ganan. Estoy seguro que es más la gente que viene a probar Alemania y se vuelve a España, que la que se puede quedar. Hay muchos frenos. No es fácil.


No podéis llegar y pretender ser un gran empresario de la noche a la mañana. Tienes que amoldarte a la situación. Hay que empezar tranquilo para ir creciendo en las posibilidades. Los españoles en Alemania somos un número, porque no somos alemanes y nunca vas a terminar de serlo. Eres un inmigrante. No vas a tener a nadie que te de una mano, como te pasa en España, y te tienes que arreglar solo. Por eso, es muy difícil progresar y salir adelante.

Para muchos españoles y españolas hablar de migración es pensar en abuelas y abuelos, en relatos sobre barcos y despedidas, en aldeas remotas, de todos los rincones de España, pensar, en recetas de cocinas lejanas. Pero las migraciones son a la vez memoria y actualidad.

“No se vayan a creer que en Alemania se atan los perros con longanizas. Es durísimo, es la soledad total, es arreglarse solo y no tener a nadie. Mi mujer tuvo a nuestros dos hijos y no pudo estar con su padre al lado cuando murió. Hay que arreglarse solo. Venir a Alemania no es una gracia: tienes que venir a ganarte la vida”.

En un empleo trabajé como soldador en una fábrica de acero inoxidable en Remscheid estando ahí noté que muchos de los clientes locales tampoco me entendían, así que tuve que comenzar a gesticular mejor y a hablar un poco más lento, ahí tuve que atender pedidos por teléfono (algo que me atemorizaba por mi timidez), donde algunos clientes molestos exigían que le pasara a un empleado alemán porque no me entendían, cosa que me afligía notablemente. Entre una cosa y otra pasó el mes y tampoco pude quedar fijo, caí en una depresión profunda que me llevó a mudarme de nuevo, pero a otra ciudad, Wuppertal, donde actualmente trabajo.

Ya no alcanzaba para comer ni comprar harina, tú sabes, desahucio tras desahucio vivíamos en España. Uno soporta no comer por las noches -uno es grande y fuerte - pero oír el llanto de tu hija y tu hijo doce y ocho años tenían en 2013, Yasmin y Leandro cuando no teníamos que comer, teníamos que comer, casquería y criadillas de cordero con garbanzos. Lloraban todas las noches siempre supimos que lloraban de hambre. Observar la frustración en las manos de tu esposa y esos ojos que ya no te quieren mirar. Eso puede quebrar cualquier corteza. Eso te enferma. ¿Quién puede decir que yo pude elegir en quedarme? El hambre no es no tener para comer. El hambre no es incluso tener vacío los bolsillos. El hambre es estar lleno de restos, de basura, es tener solo para darle de comer a tus hijos, si pagas no comes y si comes no pagas es perder la dignidad eso es el hambre.

Lo sabía, debía partir; el ardor en el estómago y esas llagas en los ojos me indicaban que no había nada que pensar el futuro en España no existe. Porque el que deja una familia en su país para buscarse la vida en otro, la muerte ya lo ha alcanzado. Y cuando estás muerto, pensar no es una prioridad.

De las despedidas de familia no quise hablar. Nadie sabía que habíamos marchado de Zamora (España), cuando conté que atravesé Francia se enteraron, no querían saber nada de nosotros muchas personas de nuestras familias. El éxodo español supo romper, en meses, las históricas relaciones de hermandad entre familias, entre amigos, persuadido por la oferta de trabajo a cambio de hospedaje, partimos hacia Alemania. Saltar allí, hacia lo más austral del continente europeo, era toda una aventura. Trabajé de soldador, camarero y herrero. Pero la paga era poca y al final del día, con más de doce horas trabajadas, todo indicaba que no era saltar de lugar en lugar.

Una tarde, al volver a casa, comentaban en una conversación unos españoles que visitaban la ciudad que necesitaban gente para la recogida de basura en su ciudad. No dudé en acercarme y ofrecer mis servicios: Buenas tardes, señores, disculpen la impertinencia de haber oído su comentario. Soy soldador, he venido desde España a Alemania, y estoy dispuesto a trabajar. Puedo enviarles mi curriculum vitae.

Pasaron solo dos semanas hasta mi contratación y, sin dudarlo, alquilé un piso que pagué con un giro en concepto de adelanto y comencé a trabajar en la ciudad de Wuppertal. Todas las mañanas, mientras trabajo, pienso en volver a Zamora, me repito una y otra vez, ánimo diecisiete años más y lo consigues… No hay día que no lo repita. Con ese amor por los sueños trabajo sin cesar. Así, finalmente, pude comenzar a ganar el dinero suficiente para cubrir los gastos vitales de mi familia y pensar en volver a estar todos juntos en nuestra Patria Zamora (España).

Nuestros familiares y amigos nos extrañan, pero la distancia, pobreza y soledad son intolerables para nosotros en España. Mi esposa, quien me advierte que no volverá a España tierra maltratadora como una Madrastra, y que los niños tampoco lo harán. Que ya no sabe, incluso, si quiere continuar. Y, entonces, la vida se nos exilia una y otra vez, y otra vez más, y todos los sueños soñados se rompen en el destierro y se nos vemos obligados a reformularnos. A resoñar. Y nos inventamos palabras porque no alcanzan las que existen para decirlo todo, para expresar todo el dolor, nos inventan los tiempos y se vuelven a crear caminos, entonces, arrojado ahora a este nuevo mundo, el exilio nos obliga a reintentar la vida una y otra vez.

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