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¿Quién paga la juerga?
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¿Quién paga la juerga?

Por Jorge Molina Sanz
jueves 02 de mayo de 2019, 00:05h

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Los resultados electorales han alegrado a unos y entristecido a otros. Se abre un periodo interesante, pero hoy, contemos alguna ironía para desdramatizar.

Pensábamos que nuestro viejo marino hoy iba a estar ávido en analizar los resultados electorales, pero nos sorprendió. Quería hablar de mesas, de mesas electorales.

—Ayer tuve una jornada laboral como no recordaba desde mi juventud, me obligaron a trabajar más dieciséis horas, desde las ocho de la mañana hasta pasada la medianoche. ¡Estuve en una mesa electoral!

Lo miramos algo divertidos, pero su tono denotaba cierto enfado, y prosiguió:

—Se supone que la elección de los miembros de mesa es por sorteo. Si eso es así, me pregunto: ¿Qué probabilidades existen que te toquen dos veces seguidas? Es mentira, porque eso le ha ocurrido también a algún conocido mío. Claro que, si eso supusiese una sanción grave, con suspensión de empleo y sueldo a esos funcionarios, o el cese del politiquillo que lo ha hecho o permitido —se le notaba molesto—, seguro que no hubiera sido tan afortunado. Es más, si eso fuera así, viendo la suerte que tengo, esta mañana voy a comprar lotería ¡Seguro que me toca!

Risas y chanzas, aunque nuestro viejo marino, irónico y con retranca, no parecía participar demasiado de nuestro regocijo.

—Reid, reíd, pero eso ocurre porque la «juerga» es a costa de otros.

Se supone que se debe estar en el colegio electoral a las ocho de la mañana y se cierran a las ocho de la tarde —es decir doce horas—, pero ahí no termina el tema, porque a partir de esa hora está el voto por correo, la votación de los miembros de la mesa e interventores y empezar a contar los votos, hacer los documentos, firmarlos y sellarlos y llevarlos al juzgado. Según qué elecciones, eso se puede alargar hasta la medianoche, alrededor de unas dieciséis horas, aunque haya descansos para ir al cuarto de aseo o para comprarse la comida o una botella de agua, porque nadie provee a esos miembros de mesa.

—No solo los miembros de la mesa estamos desasistidos, sino que encima vemos como a los interventores y apoderados les llevan su comida desde los partidos políticos ¡Esto es un agravio comparativo! Además, ¡Quiero denunciar que nuestro Estado es explotador! Mucho legislar sobre jornada laboral y horas extras, pero a un empresario no se le permitiría un régimen tan esclavista.

Nos sonaba grandilocuente y divertido, aunque nuestro marino no parecía estar muy contento, y ahí no acababan sus críticas. ¡Que estragos le había producido el madrugón del domingo!

—Sigo diciendo que no os riais, por esa jornada de más de dieciséis horas me pagan la esplendorosa cantidad de sesenta y cinco euros. Sacad cuentas, alrededor de cuatro euros la hora. El Estado se permite hacer lo que no se le permitiría a una empresa privada. ¡Vaya, y con eso tengo ni para una juerga!

Intervino nuestra joven profesora para mantener la polémica:

—Ahí no acaba; a esos trabajadores que les toca la «juerga» de estar en una mesa electoral, tienen para el día de resaca —y posiblemente para compensar ese abuso—, un permiso retribuido de cinco horas.

—¿Y quién paga la resaca de la juerga? —preguntó nuestro marino—

—No te preocupes; eso no lo pagamos entre todos, eso le toca a su empresa.

Esto es un tema menor. Contamos con unas 60.000 mesas electorales y en cada una de ellas hay tres personas —se excluyen los suplentes a los que se les ha obligado a madrugar en festivo, por si no aparece algún titular—, por lo que ese permiso retribuido no es determinante para ninguna empresa.

Nuestra joven profesora siguió haciendo cuentas:

—Es decir que unas 180.000 empresas están obligadas a reajustar sus trabajos al día siguiente —posiblemente es lo más engorroso, puesto que somos un país de pymes—, y asumir un costo promedio de unos setenta euros, que aunque suene insignificante, se los deberían deducir las empresas del pago mensual de sus seguros sociales.

Insistí que se trataba de un tema menor, pero no me dejó continuar:

—Bueno, parece una bromita y seguro que individualmente es una nadería, pero supone un desembolso de algo más de un 1.260.000 euros. Si me los dan, a pesar de mi juventud, a lo mejor me jubilo. Como todo, en la «juerga electoral», se carga al lomo de los demás y todo es admisible.

Cuando pensaba que se había acabado el capítulo de lamentos, nuestro viejo marino todavía tenía otra propuesta estrafalaria:

—Si somos un país con un paro que está en el doble de la media de la UE, me pregunto: ¿Por qué el sorteo no se realiza entre los parados? Puesto que están sin trabajo tendrían un día con jornada intensiva, que seguro les gustaría al verse trabajando y poder participar activamente en la grandeza de la democracia. Además, como están parados al día siguiente tendrían todo el día para descansar, sin crear costes añadidos, y además contarían con una retribución extra, que seguro les vendría bien.

Nos quedamos atónitos, lo había dicho de forma seria y solemne, aunque nos pareciese una broma. Entendí que, realmente estábamos en las consecuencias de la «resaca». Era evidente que nuestro marino había vivido intensamente la «juerga electoral» del día anterior.

Sabemos que, en la aldea, las ideas pueden ser extravagantes, pero a lo mejor algún político —con tantas citas electorales—, lo ve como un remedio para reducir este año la tasa de paro.

Acabamos entre risas, y una vez más, como siempre, exclamamos: ¡Que sabemos nosotros, aquí en la aldea!

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