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    21-Ago-2017

OPINIÓN

Si el dos de mayo a las doce de la noche el presidente del Congreso de los Diputados no puede llamar al palacio de La Zarzuela para decirle al Rey que ya hay un presidente de Gobierno listo para jurar su cargo, tendrá que llamarle para que firme el acta de disolución de las Cortes y la convocatoria de nuevas elecciones para el 26 de junio. Esto último es lo más posible.
Estos días son de infarto para muchos políticos, empresarios y miembros de la carrera judicial con cuentas en sociedades offshore. Todos están pendientes de que el club de periodistas españoles que desmenuzan los papeles de Panamá tenga a bien señalarles. De hecho, algún alto cargo político del Gobierno de Soraya, con despacho de asesoría reconocido, ya se ha blindado.
El número dos de Podemos tiene un buen espejo en el que mirarse: el de Alfonso Guerra. Si el ex vicepresidente del Gobierno y del PSOE terminó perdiendo su pulso con Felipe González, tras ganar el que mantuvo con Miguel Boyer; Iñigo Errejón ganó su pulso con Monedero, pero puede correr igual suerte que el que fuera todopoderoso segundo en el partido socialista cuando de disputar el liderazgo se trata.
Todo apunta que en junio se celebrarán nuevas elecciones y se conformará, esta vez de verdad, el nuevo bipartidismo que dará inicio a la Segunda Transición: la izquierda auténtica, representada por Podemos, frente a la derecha de toda la vida -la vieja del PP y la nueva de Ciudadanos- a la que sumará el PSOE en un desesperado intento por sobrevivir. Desde los tiempos de Felipe González los socialistas fueron dejando por el camino su ideología de izquierda, a medida que se sentían cómodos en la corrupción permanente.



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