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El contribuyente no está para alegrías demagógicas

El contribuyente no está para alegrías demagógicas

Los cambios que van a producirse en España a raíz de las elecciones municipales y autonómicas deberían servir para sanear la deprimente corruptela económica que impera y lograr una gestión más creíble y útil para el ciudadano en los ámbitos regionales y locales. Por lo general da la sensación que es en esos ámbitos, más que en de la Administración central del Estado, donde han tenido lugar los peores latrocinios, bien para lucro personal -un vicio más propio de la derecha-, bien para beneficio del partido -una mangancia más de izquierdas-.

El resultado electoral, con la irrupción de los nuevos partidos, debería suponer una bocanada de aire fresco que sirviera para ventilar ayuntamientos y gobiernos autónomos cargados de aire enrarecido y muertos en los armarios después de muchos años de control todopoderoso de los mismos. El caso, por ejemplo, del implacable placaje que Ciudadanos ha mantenido en Andalucía, condicionando la investidura de Susana Díaz a la exclusión de individuos bajo sospecha, resulta vivificador para la ciudadanía.

Pero además de aclarar qué mangancias se han producido y quiénes las han cometido en miles de grandes y pequeñas contratas, lo que el ciudadano de a pie exige son decisiones efectivas para sus necesidades y problemas reales. Identificar y resolver esos problemas y necesidades debería ser el objetivo último y principal del gobernante; no el tomar medidas efectistas o demagógicas como algunas propugnadas por candidatos que consideran que tienen al alcance de la mano la investidura merced a rocambolescas alianzas.

En cualquier caso, la situación económica de España no permite tomarse grandes alegrías. Lanzarse ahora a inversiones populistas ahogaría los atisbos de recuperación. Lo que se pide a los gobernantes ahora no es solo una gestión honrada y transparente de los dineros, sino también cabal por útil y rentable. Y además lo menos onerosa posible al bolsillo del sufrido contribuyente.

Ya está bien de que los políticos paguen sus megalomanías -aún las no lucrativas- con nuestros euros. ¿Serán capaces los nuevos gobernantes de hacerlo? Esperemos que sí. Al menos así lograran romper esa creencia tan arraigada en España de que quien se dedica a la cosa pública, por lo general y con honrosas excepciones, tarda muy poco en convertirse en ‘casta’ y en que se le peguen los euros a los dedos.
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