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El PSOE resiste el asalto de Podemos
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El PSOE resiste el asalto de Podemos

En las elecciones del 24M han confluido dos procesos diferentes. Las autonómicas tienen un carácter marcadamente político que impulsa a dar el voto al partido más afín a la forma de pensar de cada votante, mientras que en las municipales se apoya al cabeza de lista que se desea como alcalde. Ese reparto del voto no crea problemas de conciencia. Las elecciones legislativas del próximo noviembre podrán tener un cierto parecido con las autonómicas, pero no con las municipales.

El 24M ha marcado el fin de dos siglas enfrentadas desde la Transición, PSOE versus PP, pero no el fin de dos bloques antagónicos: la izquierda y la derecha, cada uno de ellos desmembrado en varias formaciones.

En casi todos los países de Europa existen tres, cuando no cuatro bloques principales. Además de la izquierda (socialdemócratas, laboristas, socialistas, comunistas, verdes, etc) y de la derecha, existen bloques de centro y en algunos casos bloques populistas, como el Frente Nacional en Francia o la Liga Norte en Italia.

En España existió un amago de centro en la Transición, con el Centro Democrático y Social de Suarez, que no resistió la profunda herencia psicológica de la guerra civil entre los dos bloques, izquierda y derecha.

La derecha española, que ha sufrido un fuerte bajón el 24M, se nuclea en dos polos, PP y Ciudadanos. Aunque esta última formación ha recogido votos del desencanto de UPyD y de algún partido minoritario, el grueso de sus votantes y de dirigentes proviene del ala liberal del PP.

El bloque de la izquierda es el más resquebrajado: al PSOE se le suman ahora Izquierda Unida y Verdes, que pese a los pronósticos no han desaparecido aunque salen fuertemente tocados, y Podemos, que ha arrastrado cientos de miles de votos procedentes del entorno del 15M, pero sobre todo de Izquierda Unida y del PSOE.

El partido de Pablo Iglesias, que se autoproclamaba “único rival del PP de Mariano Rajoy”, soñaba en realidad con dos cosas: arrancar de su somnolencia al electorado que tradicionalmente no vota porque no ve ningún interés en las elecciones, y romper al PSOE llevándose la mayor parte de su electorado. En ambos objetivosha fracasado.

El electorado que no acude a las urnas, vota nulo o en blanco, ha aumentado (dos millones más que en 2011), y no ha visto en Pablo Iglesias su mesiánico salvador. Y el partido socialista, pese a haber sufrido una importante hemorragia de votos, sigue siendo la primera fuerza de la izquierda, a distancia de Podemos, y de las otras formaciones.

Todos los partidos han sufrido reveses en sus pronósticos, lo que les va a generar crisis internas en los próximos meses. La necesidad de realizar pactos de gobierno en autonomías y en alcaldías, no va a mitigar las crisis. Al contrario, las va a agudizar. Si el PP quiere el apoyo de Ciudadanos allí donde lo necesite, tendrá que sacrificar las vacas sagradas de la corrupción y limpiar sus filas; el partido de Albert Rivera nunca podrá darles su apoyo si siguen mareando la perdiz con los Rato, Gurtel o Rita Barberá.

Tampoco el PSOE sale bien parado. Si quiere que Podemos apoye a Susana Díaz, única manera de que la presidenta andaluza salga airosa y obtenga mayoría parlamentaria, tendrá que tragar sapos y apoyar a la jueza Carmona para la alcaldía de Madrid. Pero en ambos casos, Pedro Sánchez reabrirá las heridas internas y se verá obligado a explicar por qué los “extremistas radicales” de ayer son los aliados de hoy.

Podemos ha ocupado la tercera posición, pero muy detrás de los dos protagonistas del duelo de bloques. Su voto será decisivo en comunidades y alcaldías para que el PSOE gobierne, pero no deja de ser un partido minoritario.

En los ayuntamientos de Barcelona y Madrid, Podemos se juega su futuro. Si Ada Colau de la lista Barcelona en Comú, pacta con Esquerra Republicana y los socialistas, las bases y los votantes pedirán cuentas a Pablo Iglesias, que en Barcelona se pronunció claramente contra la independencia, y ahora pacta con los más radicales del independentismo catalán.

Y si pacta en Madrid con los socialistas para quitarle la alcaldía a Esperanza Aguirre, también le reprocharán que “ahora pactas con la casta”. Claro que en ambos casos, Barcelona y Madrid, siempre podrá alegar que son dos listas en las que hay otras formaciones y colectivos sociales.

En definitiva, Génova y Ferraz siguen teniendo las sartenes por el mango. La diferencia es que ahora en las sartenes hay más ingredientes.
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