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lunes 05 de febrero de 2018, 11:03h
En la década de los 60, del siglo XX, el desastre del comunismo empezaba a ser una evidencia, especialmente para los mejor informados. Tras 50 años de régimen soviético, los trabajadores eran menos libres y, sobre todo, vivían mucho peor que sus homólogos de países capitalistas. A ese fracaso, se unía la fragmentación del movimiento comunista, tras la muerte de Stalin, y las primeras denuncias de su terrible dictadura.

Algunos intelectuales, ante este panorama, desviaron su mirada desde el proletariado a su entrepierna. La revolución social pasó a ser la liberación individual y la acumulación de fuerzas, en busca de la mayoría social, dejo paso a la entronización de las minorías.

Unos derivaron al ecologismo sandía (verde por fuera, rojo por dentro) que pretendía frenar el desarrollo industrial y tecnológico, bajo la etiqueta de proteger el planeta; otros se lanzaron a un supuesto internacionalismo que les llevó a admirar sangrientas dictaduras del Tercer Mundo porque el color de los pueblo y las razas oprimidas garantizaban su pureza; y otros convirtieron sus pulsiones de bragueta en ideología. Ya no te define de donde eres o que lugar ocupas en la economía sino con quién te acuestas.

Los nuevos liberadores mantenían su odio al capitalismo y a la libertad, sus ansías de liquidar la civilización occidental y de imponer, dictatorialmente, sus opiniones a los demás.

Desde la lucha por el reconocimiento del derecho a sexualidades diversas, se ha llegado a la imposición del pensamiento obligatorio dictado por organizaciones que viven del erario público y condicionan el debate político hasta hacerlo imposible. La ideología de género se impone en leyes y textos escolares condenando al silencio o la punición al discrepante, aunque esa discrepancia represente a la mayoría de la población.

Porque se trata, precisamente, de eso: romper los consensos sociales que vertebran nuestra sociedad, las definiciones que todos entendemos y con las que estamos de acuerdo. Bajo la pantalla de buenos deseos y seráficos futuros, se esconde la imposición de un sistema represivo que vive de la confusión y de la intimidación.

Nadie puede decir hoy, sin sufrir el insulto y el acoso, que matrimonio es la unión de un hombre y una mujer porque eso define a la unidad mínima de reproducción autónoma de la sociedad humana. Nadie puede decir que reconocer tu biología te proporciona una sexualidad menos conflictiva que no hacerlo. Se criminaliza a los hombres como totalidad y se banalizan los crímenes contra las mujeres equiparando violadores a ligones torpes, trasladando la lucha de clases al interior de la pareja, con el objetivo de hacerla imposible.

Es un movimiento destructivo, de pensamiento obligatorio, que aboga por financiar la muerte frente a la vida, en desacreditar a la Naturaleza, imponiendo modelos artificiales que conducen a la infelicidad y el dolor...

A la cabeza de todo ello, el lobby LGTB que maneja enormes recursos y que recoge, de su pasado marxista, los dos pilares fundamentales del estalinismo: Un gran aparato de propaganda que solo admite su versión de la realidad y los mecanismos de represión contra el discrepante. Debería cambiar su nombre por el de LKGB, en homenaje a los tiranos que les enseñaron el modelo.

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